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 Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en la clausura del Curso de Altos Estudios Militares

 Bogotá, 2 dic (SIG).

​Las Fuerzas Armadas tienen una doble condición que siempre me ha resultado admirable e inspiradora.

Por un lado, en ellas delega la sociedad la inmensa responsabilidad del monopolio de las armas.

De otra parte, asumen el noble compromiso de usar esas armas AL SERVICIO DEL ESTADO, bajo órdenes de quien ha sido investido por el pueblo como Jefe de Estado.

Semejante responsabilidad es un voto de confianza que solo se puede depositar en los ciudadanos más honorables, dignos, éticos, diestros, valientes y leales que pueda tener una nación.

Todos esos atributos tienen especial representación en los policías y soldados –de tierra, mar y aire– de Colombia.

Permítanme sustentar lo que acabo de decir con lo que nos enseña nuestra propia historia:

Porque–para identificar cuáles deben ser los atributos propios de la jerarquía de los oficiales de insignia de las Fuerzas Armadas– no es necesario remitirnos a las hazañas o el talante del general Bonaparte o el almirante Nelson. No.

Estos atributos están en nuestra sangre; por ejemplo en el más ilustre de los generales granadinos, José María Córdoba, quien en su arenga de Ayacucho dio la línea de mando y de valor: “Soldados, Armas a discreción. ¡Paso de vencedores!”.

Liderazgo, Honor, Dignidad, Mando, Destreza, Motivación y Ética. Esas son las lecciones que nos llegan de nuestros próceres.

Más de un siglo después, dos militares insignes, los coroneles Roberto Rico –nada menos que bisabuelo de nuestro ministro de Defensa– y José Dolores Solano, hallaron a orillas del río Güepi, en el Putumayo, los soles del Generalato y su distinción como héroes de la República.

En la proclama a sus subalternos emitida el día anterior a la gesta de Güepi del 26 de marzo de 1933, el coronel Rico revivió la frase “¡Paso de vencedores!” para infundir coraje a su tropa, que habría de salir triunfante en aquella guerra con el Perú.

Recordamos también la noche del infausto Bogotazo cuando el presidente Mariano Ospina Pérez, ante las voces que le sugerían escapar, sentenció: “Para la democracia colombiana, vale más un Presidente muerto que un Presidente fugitivo”.

La Cúpula Militar de entonces no dudó, ni por un segundo, dónde estaba su lugar:

“Señor Presidente… –le dijeron–. Estamos dispuestos a morir a su lado, si fuere preciso”.

Así lo cuenta la historia y ese es su legado, apreciados oficiales.

Porque los militares y policías de Colombia –ayer y hoy– han sido la salvaguardia de un país que ha vivido históricamente la violencia, pero que ha preservado en todo momento la institucionalidad y la democracia.

Y ustedes –como futuros generales y almirantes de la República– son hoy los líderes convocados a preservar ese sagrado patrimonio que ha honrado por décadas a nuestras instituciones castrenses.

Además, son herederos de unas Fuerzas Armadas que han dominado el arte de la guerra, como pocas fuerzas en el mundo.

Nuestros soldados y policías han sabido ponerle el pecho al conflicto.

Gracias a nuestra Fuerza Pública, los colombianos NO hemos sucumbido ante los grupos armados ilegales, ni en el peor de los momentos.

Hemos visto noches oscuras, sí… pero ustedes –siempre– nos han permitido avistar el siguiente amanecer… libres, soberanos y en democracia.

Justamente, es gracias a los soldados y policías que seguimos siendo una democracia sólida y la más antigua de América Latina.

Es gracias a ustedes que hoy tenemos, como nunca antes, una oportunidad real de vivir con más equidad, con mejor educación y en paz.

Nuestra Fuerza Pública es responsable, con su trabajo leal, del crecimiento económico y de que –a pesar de vivir en medio del conflicto– la inversión siga aumentando.

Nuestras Fuerzas Armadas son responsables –con su protección a los colombianos– de que el desempleo esté bajando, de que tengamos más recursos para la educación de nuestros niños y jóvenes, y de que podamos invertir en los más pobres y vulnerables.

Son ustedes quienes nos están conduciendo al fin del conflicto, porque fue la contundencia de nuestras Fuerzas Militares y de Policía la que llevó a la guerrilla a una mesa de diálogo.

Pero así como ustedes –futuros generales y almirantes– son herederos de unas Fuerzas Armadas que nos han llevado tan lejos, son también responsables de construir un nuevo legado.

Hoy el proceso de paz presenta signos de madurez que permiten albergar la esperanza de una paz firme y duradera –algo que ninguno de nosotros, infortunadamente, ha conocido–.

Y estoy hablando de una paz que les dé tranquilidad a los colombianos de pie, pero también a nuestros policías y soldados.

Sea este el momento de reiterar que, cuando implementemos la justicia transicional –a la que sin duda debemos llegar en este proceso–, las Fuerzas Armadas y de Policías recibirán los beneficios correspondientes, como debe ser.

No es posible que nuestros uniformados enfrenten duras sentencias por actos cometidos en servicio, mientras que la justicia pueda ser generosa con los ilegales a los que han enfrentado.

Porque así como necesitamos de ustedes en la guerra, también necesitamos de ustedes en la construcción de la paz…

Requerimos de su liderazgo –señores oficiales– y de su amor por Colombia para el complejo periodo del posconflicto.

Hay que asumir nuevas responsabilidades para consolidar la seguridad y el bienestar de la patria.

Porque, si bien la paz significará la victoria –lograda por el esfuerzo militar–, también es cierto que surgirán nuevas amenazas o se reactivarán otras.

La paz habrá que protegerla –con la misma valentía y entrega con la que han luchado en la guerra– y es preciso asumir esta tarea.

Los altos mandos de nuestras instituciones militares deben tener la capacidad de desempeñarse como constructores de paz y, al mismo tiempo, como los guerreros de siempre para garantizar la integridad territorial y la soberanía nacional.

La tarea no acaba… simplemente continúa…

Colombia los necesita para patrullar las fronteras, para ser una fuerza disuasiva frente a cualquier amenaza externa, para atender emergencias y socorrer a los vulnerables.

El mundo también los necesita… para compartir su experiencia con otros países, o para integrar misiones de paz en otras latitudes.

Así que nadie tenga duda: el futuro de las Fuerzas Armadas ni se negocia ni se discute en La Habana.

Por el contrario, si logramos la paz, su futuro será aún más promisorio, con la satisfacción de haber sido artífices de esta nueva realidad.

Yo tengo plena fe en su contribución, porque no me queda duda de su profesionalismo y de cómo avanzan cada vez más hacia una Fuerza Pública sofisticada y a la vanguardia tecnológica.

No estamos muy lejos de que la tecnología militar que hemos desarrollado empiece a tener usos civiles –y contribuya a la innovación y al desarrollo económico de Colombia, como ocurre en Israel–.

También confío –especialmente– en ustedes, los futuros generales y almirantes de Colombia.

Porque no importa cuánto signifique el sacrificio: siempre anidará en sus corazones el espíritu del más grande de los patriotas y del más generoso de los ciudadanos.

Y algo más, esencial: lo que esperamos de los generales y almirantes de nuestra patria es el más alto nivel moral, un compromiso sin tacha y una vida pulcra, digna de los soles que alumbran sobre sus hombros.

Nuestros generales y almirantes deben ser colombianos de grandes calidades intelectuales y espirituales, porque son orientadores, son guías…

Son y deben ser –ante todo– un MODELO DE VIDA LOS HOMBRES Y MUJERES BAJO SU MANDO y para todos los colombianos.

Permítanme, para terminar, citar algunas palabras de ese gran líder que fue siempre el general Álvaro Valencia Tovar:

“Pasará el tiempo, pero las dianas victoriosas y el redoble de los tambores seguirán resonando al compás del corazón, diciendo que si el hombre de armas se despoja de su uniforme –y deja los aceros– su alma, su mente, su espíritu siguen apresados en el iris sagrado que un día juró defender…

“Que siempre rendimos la limpia espada ante sus colores y que en ellos seguiremos viendo la majestad de la República…”.

Ustedes están llamados a mantener sus valores castrenses por el resto de sus días porque “las dianas y los tambores” NO dejarán de resonar al compás de sus corazones.

Así mismo, el resto de colombianos tenemos el deber de rendirles homenaje y guardarles gratitud por siempre.

Porque a su valentía debemos la seguridad de nuestro pueblo. Porque de su valentía seguiremos necesitando, para la consolidación de la paz.

A ustedes, futuros generales y almirantes de la República, les deseo los mejores logros y realizaciones. 

¡Su tarea es grande y su misión es noble!