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 Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en la 39ª edición del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar

 Bogotá, 11 nov (SIG).

​Hoy no he venido a hablarles de cómo hacer su oficio, tampoco de cuál es el inmenso valor que el periodismo libre y responsable representa para una democracia, o de mi compromiso y el compromiso de mi Gobierno con la libertad de prensa, eso, ustedes lo saben bien. Y de eso han oído hablar miles de veces.

Hoy vengo a hacerles una propuesta, vengo a proponerles que imaginemos como sería una Colombia normal…

Una Colombia sin miedo, una Colombia sin guerra, sin conflicto…Sé que no es fácil imaginar algo así, la mayoría de ustedes jamás han conocido un país en paz. Nacieron en medio del conflicto y aprendieron a ser reporteros contando muertos.

Hoy vengo a hablarles de por qué creo que la paz es posible.

Sé que muchos de ustedes son escépticos. El escepticismo hace parte de la esencia del buen periodismo. El buen periodista, como dice Jineth Bedoya –una de las víctimas de este conflicto, el conflicto que queremos acabar–, es aquel que duda “hasta de la mamá cuando le dice a uno que lo quiere”.

Absurdamente, en un país en guerra, los políticos –como los periodistas– nos vemos obligados a marcar muchos de los hitos de nuestra carrera por momentos trágicos de la vida del país. 

Quiénes de los que ya eran periodistas hace 25 años no recuerdan, por ejemplo, cuando asesinaron a Luis Carlos Galán y cuál fue el cubrimiento que les tocó hacer de esa historia.

Cuando yo era Ministro de Comercio Exterior, en el año 92, estaba en Nueva York, acabábamos de abrir la economía, queríamos atraer inversión, estábamos con unos pocos inversionistas, los pocos que nos habían aceptado la invitación a oírnos, tratando de venderles la idea de invertir en Colombia.

La mitad supimos la noticia de una gran bomba en Colombia y naturalmente esa mini-conferencia se deshizo y sepultó cualquier intención de venir a invertir al país. Este hecho me marcó fuertemente.

Me acuerdo que uno de los inversionistas me dijo: no insistan hasta que en Colombia no sea un país normal, un país en paz. Y desde entonces, el propósito de trabajar por la paz se convirtió en una constante en mi vida pública.

Como Ministro de Defensa entendí que para lograr esa paz, paradójicamente, era indispensable primero intensificar la guerra. Por eso, después de una profunda transformación a cómo operaba nuestra Inteligencia –a la que pusimos a trabajar coordinadamente en busca de los llamados objetivos de gran valor–, logramos que finalmente empezaran a caer, después de 40 años, cabecillas de las FARC, miembros del Secretariado.

Cuando llegué a la Presidencia –con un gran terreno ganado en el campo militar– me propuse continuar haciendo de la paz el centro de mi gobierno, aun en contra del consejo de muchos que me advirtieron de los peligros políticos que eso encarnaba. Y lo hice porque las circunstancias habían cambiado. Se daban las condiciones que no se habían dado antes y que a mi juicio, hacían posible la paz. 

¿Cuáles eran esas condiciones?

En primer lugar, la correlación de las Fuerzas Armadas, de las Fuerzas Militares, y  la guerrilla, se había modificado sustancialmente. Esa es una condición necesarísima y así ha sido en todos los conflictos que han sido resueltos por la vía de la negociación.

En ese momento habíamos logrado unas Fuerzas Armadas sólidas, bien entrenadas, en tanto que la guerrilla estaba diezmada, perdía cada vez más hombres, había más desmovilizados. Los golpes contundentes a las FARC que se habían dado, los redoblamos en mi gobierno, y los han llevado a perder a sus máximos dirigentes –Alfonso Cano, al Mono Jojoy– y a 50, ¡50 cabecillas más, cabecillas de frente, de columnas móviles.

Esa era una condición y es una condición muy diferente a la que existía antes.

En segundo lugar está el aspecto internacional. Logramos un gran respaldo internacional, comenzando por la recomposición de las relaciones con los vecinos –con Venezuela y Ecuador–, relaciones que encontré en el peor momento de nuestra historia.

Y esa recomposición ayudó muchísimo a crear esas condiciones para poder pensar que la paz si es posible.La tercera condición que permitió que avanzáramos en la negociación –y hay que reconocerlo– es que encontramos voluntad en las FARC de dialogar, tal vez por primera vez, con un fin específico: acabar el conflicto.

Acordamos negociar en medio del conflicto, aunque ellos han venido proponiendo cese al fuego. Pero lo hicimos para no repetir errores de negociaciones pasadas. Y la guerra ha seguido.

Sabemos que hablar de paz en medio de la guerra no es fácil. La gente no entiende: cómo así que ustedes hablan de paz allá en La Habana y aquí se están matando. Pero lo cierto es que nadie se ha levantado de la mesa en dos años; que se ha trabajado con seriedad y que hemos logrado acuerdos de fondo que representan pasos sustanciales que nos permiten ver, por primera vez, ahí la luz al final del túnel.

Y ustedes pueden estar seguros de que este proceso de paz no ha sido producto de la improvisación. Todo lo contrario. Es el fruto de una profunda convicción de que hoy la paz es posible y de que construirla es un imperativo histórico de cualquier mandatario responsable, un imperativo histórico que no puede eludir.

Y por eso, cada paso lo hemos preparado, lo hemos planeado, los hemos analizado. Además con asesoría de gente que realmente conoce de estos procesos; gente que ha negociado conflictos. Personas como el hoy escritor –además les recomiendo un libro que acaba de salir escrito por él–, Jonathan Powell, que dice por qué hay que hablar con terroristas; que fue el negociador del gobierno británico durante diez años con los miembros del IRA en Irlanda del norte.
 
O el excanciller Shlomo Ben Ami, que fue el arquitecto del acuerdo de Oslo entre Palestina e Israel; personas que han tenido además experiencia de combate y de negociación, como Joaquín Villalobos, excomandante del FMLN, que fue el negociador principal en la paz de El Salvador y hoy es profesor de Oxford.

Hay otros más que nos han venido ayudando, dando indicaciones, asesorándonos. Y además tenemos un equipo negociador yo diría que de lujo, que da a todos, a los colombianos, a ustedes, las mayores seguridades.

Quién podría pensar que una persona como Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo, el general Mora o el general Naranjo o María Paulina Riveros o Frank Pearl vayan a negociar algo insólito, algo que realmente perjudique a los colombianos o que altere nuestras instituciones o debilite nuestra democracia.

Ellos no solo representan al Gobierno… ¡Ellos nos representan a todos como sociedad!

Y ellos saben muy bien, porque tienen también instrucciones, que hay unas líneas rojas que nunca vamos a traspasar, que han estado presentes desde el primer día de los contactos. No estamos negociando nuestro modelo de desarrollo, no estamos negociando nuestro sistema político ni la propiedad privada; no estamos negociando las Fuerzas Armadas, no estamos haciendo la revolución por decreto.

Dicho esto, lo que quiero proponerles hoy es, desde esta tribuna –desde la cual se viene premiando además por casi cuatro décadas a los mejores periodistas del país– es que me acompañen en este difícil pero impostergable trabajo de construir la paz.

Muchos de ustedes lo llevan haciendo hace muchos años y hay unos que han pagado con su vida su compromiso con la paz. ¡Cuántos periodistas han muerto víctimas el conflicto! ¡Cuántos han sido amenazados! Todavía hoy el Gobierno tiene que ofrecer protección a 104 periodistas…

Por ellos, para que ningún periodista tenga que renunciar a su oficio por la amenaza de las balas; por los 6 millones de víctimas y los más de 230 mil muertos que ha dejado esta guerra, es precisamente que tenemos que dejar atrás estas cinco décadas de violencia entre hijos de una misma nación.

Tenemos que hacer viable un país en paz y más que eso tenemos que forjar la posibilidad de volver a ser un país normal.

Y ¡ojo!, cuando hablo de que me acompañen, no estoy buscando de ustedes ni mucho menos unanimismo, o que abandonen la permanente mirada crítica indispensable para el ejercicio del buen periodismo. No.

Lo que les pido es que hoy –más que nunca– asuman su oficio con la grandeza y esa palabra tan bonita la responsabilidad que exige el tener el poder de informar y moldear la opinión pública en un momento trascendental en el que realmente podemos cambiar la historia de este país…

Yo sé que para algunos de ustedes o muchos de ustedes Juan Manuel Santos no es “santo” de su devoción…

Y no pretendo cambiar esa opinión, si no creen que lo merezca. Lo que espero de ustedes, que tienen en sus manos la conducción de la opinión, es que nos ayuden –no a mí, sino a todos los colombianos– para que avancemos juntos, para que jalemos unidos, para que trabajemos hacia un fin superior: ¡que es el fin supremo de cualquier sociedad, que es encontrar la PAZ!

Yo estoy convencido de que todos –de una u otra manera– queremos un país en paz y ese debe ser el propósito que nos una a los colombianos.

¿Y cuál es el papel del periodista en ese escenario de búsqueda de la paz, de la reconciliación?

Creo que lo mejor es que eso lo respondan los mismos periodistas. Por eso le pedí a María Teresa Ronderos –quien nos acompaña el día de hoy– a que me diera su opinión, y la voy a citar:

“Si el periodista hace información cierta, verificada, balanceada y justa con el público y las fuentes, contribuye a la paz. Las guerras, los odios y los miedos se cultivan sobre la confusión. Si el periodista hace un trabajo serio –que profundice y esclarezca el panorama– contribuye a la paz”.

Gracias, María Teresa. ¡Eso es lo que queremos! Que la búsqueda de la paz saque lo mejor de todos los colombianos y que –en el caso de los periodistas– siga sacando lo que mejor saben hacer… ¡buen periodismo!

Un periodismo serio, independiente, crítico, verificado, sin sesgo y con un permanente sentido de la realidad. Pero que no incentive el conflicto… que no atice la controversia entre quieres estamos, en cierta forma del mismo lado: del lado de las instituciones, del lado de la democracia.

Porque, si todos queremos la paz, no debemos profundizar las divisiones… Aquí –no se nos debe olvidar jamás que – el verdadero enemigo de la búsqueda de la paz es el conflicto.

La nueva Colombia –esa Colombia conque yo sueño en paz, con equidad y educación– la que construimos ENTRE TODOS, y ahí el periodismo juega un papel fundamental.

Porque el mejor periodismo es el que construye puentes y no abismos…

Y permítanme ser claro: hoy les hablo de paz y del proceso de paz –por su trascendencia– pero eso no significa que esa sea la única apuesta o prioridad del Gobierno. La paz duradera y total –la que genera la equidad y el bienestar general– la estamos tratando de construir desde ya, con o sin acuerdo con las FARC.

Con el gobierno y en el gobierno trabajamos sin descanso para tratar de fortalecer cada vez más y consolidar una economía sana; para cada vez crear empleos, para  disminuir la pobreza; para darles la posibilidad a miles de colombianos de tener acceso a vivienda, tener acceso a una mejor educación o construir las grandes obras de infraestructura que comuniquen al país.

Esta misma mañana estuve inaugurando el viaducto más alto y más largo que se ha construido en Colombia entre Girardot y Ibagué. Y luego firmamos el inicio de obra de las cinco más grandes concesiones que se hayan dado en la historia de este país, por un valor superior a os 6 billones de pesos, que va a transformar la infraestructura en Colombia.

¡Todo eso es paz! Y en todos estos frentes estamos avanzando y queremos avanzar.

Yo he venido haciendo pedagogía sobre la paz por todos lados. Porque además, me he dado cuenta que mucha gente no entiende bien el proceso, la gente no entiende que hemos avanzado.

Pero me he encontrado en esa pedagogía con algo bastante desconcertante, síntoma de un país que se acostumbró a la guerra. Hay colombianos, óigase bien, ¡Hay colombianos que le tienen miedo a la paz! Y no hablo de quienes quieren perpetuar la guerra por egos y motivaciones políticas, sino colombianos sencillos, colombianos de a pie.

Por eso –insisto– los invito a que nos ayuden a mostrar a los colombianos cómo es ese país normal, ese país que podemos ser, por el que podemos trabajar y debemos  trabajar todos los días.

En otras palabras: ¿cuáles son los dividendos de la paz y por qué vale la pena el esfuerzo de la reconciliación?¡Qué importante esa palabra –reconciliación– para una sociedad que requiere soltar el lastre de la violencia y avanzar!

Por eso creo que la tarea más desafiante –la nuestra como gobierno y la de ustedes como periodistas– es la de afianzar la RECONCILIACIÓN.

Y concluyo dándoles las GRACIAS, porque –así como los invito a ayudar a sintonizar la opinión pública con la búsqueda de la paz– también debo reconocer que, en buena parte, ya lo vienen haciendo.

Ustedes han entendido que los negociadores no estén dando declaraciones diarias ni entrando en una guerra de micrófonos. Que tal yo hoy por ejemplo, respondiendo esa carta de Timochenko.

Ustedes han hecho foros, seminarios y análisis, con gran responsabilidad.

Y han hecho, además, algo muy importante, muy importante es visibilizar a las víctimas y darles voz, porque son ellas el eje de este proceso de negociación. Y esas víctimas nos están enseñando –con un enorme generosidad– que es posible alzarse sobre el dolor y obrar con grandeza para que otros no sufran lo que ellas sufrieron.

El haber enviado las víctimas a La Habana, que algunos criticaron, ha sido un ejercicio muy interesante.

¿Por qué las enviamos? No para negociar sus derechos. Sus derechos no son negociables, sino para escucharlas. Para que los victimarios escucharan cuáles son los anhelos de esas víctimas, cómo se sentirían satisfechas, como sus derechos: a la verdad, a la justicia, a la reparación, se pueden satisfacer.

Y yo pensaba, antes de este ejercicio, que las víctimas iban a ser las que más iban a exigir justicia. Y resulta que sucedió lo contrario, algo realmente estimulante desde mi punto de vista, que esas víctimas han resultado más generosas que el promedio de los ciudadanos: más propensas a perdonar, más propensas a reconciliarse.

Muchas veces una víctima solamente quiere que la reconozcan, otra que le digan dónde está su hijo, su hija enterrados, o por qué los asesinaron. O dicen simplemente que les pidan perdón.

Y estamos reparando la mayor cantidad de víctimas posibles: llevamos 470 mil. Son más de 6 millones. Y una reparación en el fondo son simbólicas, tienen que ser simbólicas: cuánto vale una hija, cuando vale una familia.

Por eso esas víctimas nos están dando una gran lección, y por eso las hemos colocado en el centro de la solución de este conflicto.
   
Señoras y señores; periodistas: Colombia –no cabe duda– está ante el mayor desafío de su historia reciente…Los colombianos contamos con ustedes: CON UNA PRENSA TAN GRANDE COMO ESE DESAFÍO.

Muchas gracias.