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 Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en la entrega del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez

 Bogotá, 21 nov (SIG).

“Generalmente, en todos los actos sociales como éste, se designa a una persona para que diga un discurso. Esa persona busca siempre el tema más apropiado y lo desarrolla ante los presentes. Yo no vengo a decir un discurso”.

Con este párrafo inició sus palabras, el 17 de noviembre de 1944, en la ceremonia de graduación de bachilleres del Liceo Nacional de Zipaquirá, un muchacho tímido y talentoso, con su alma caribe aprisionada por el traje de paño que exigía el rigor del clima andino, un muchacho de solo 17 años: Gabriel García Márquez.

Debo decir, infortunadamente, que –a diferencia de Gabo– yo sí vengo a decir un discurso, pero quisiera que –más que un discurso– fuera un cuento, uno de esos cuentos que escriben los autores que hoy se reconocen, uno de esos cuentos que han construido –no les quepa duda– la historia de la humanidad.

¿Exagero?... No lo creo. Piensen no más en las leyendas de la creación del mundo o la del diluvio –desde el Génesis hebreo hasta las narraciones hindúes, griegas, incas o mayas–.

Todas ellas forjaron el imaginario universal sobre por qué estamos acá y de dónde venimos; con todas ellas se alimentaron la curiosidad, la fantasía y los sueños de niños y adultos.

Porque los hombres –desde tiempos anteriores a la escritura– descubrimos nuestro pasado, nos explicamos el universo, nos contagiamos miedos o heroísmos, a través de cuentos.

Para mí –y estoy seguro de que también para muchos de los aquí presentes–, la experiencia de la lectura es una de las cosas más maravillosas que me han ocurrido.

Y el amor a la lectura no lo adquirí leyendo sino –como casi todos los niños– escuchando.

Porque antes de aprender a leer, mis padres ya me leían y, a través de sus voces queridas, pude viajar por mundos fantásticos, y aprender lecciones y valores que aún llevo conmigo.

Hoy sabemos que leer a los niños desde los años más tempranos evita una infinidad de problemas de lectura en el futuro, y proporciona habilidades para concentrarse y relajarse.

Y tenemos algo muy claro: la lectura es la herramienta cultural más eficaz para buscar algo que yo quiero para este país y para toda América Latina, la equidad.

Un buen lector tiene acceso a un conjunto casi infinito de bienes culturales, y puede participar en la producción y disfrute de las inmensas riquezas intelectuales y artísticas de la humanidad.

Pero a leer –a querer la lectura, sobre todo– no se aprende con tareas y asignaciones obligatorias.

Bien escribió el mismo Gabo en su Manual para ser Niño:

“Por todas partes me encuentro con profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con que se tomaban el aceite de ricino. (…) Es este método de enseñanza –y no tanto la televisión y los malos libros– lo que está acabando con el hábito de lectura”.

Los ministerios de Educación y de Cultura vienen adelantando el Plan Nacional que se llama, “Leer es mi Cuento” con el que buscamos duplicar los índices de lectura en el país pero –sobre todo– buscamos incentivar la lectura como lo que es: un deleite.

Lo estamos haciendo con programas de formación de lectores y poniendo los libros al alcance de la comunidad en bibliotecas públicas, en bibliotecas escolares y otros lugares donde se facilite su consulta y su préstamo.

En las primeras fases del programa nos hemos enfocado en los niños de menor edad, y por eso estamos entregando colecciones apropiadas para ellos en los centros de atención temprana a la infancia y los hogares de bienestar familiar.

Queremos que leer sea “el cuento” de todos los colombianos y queremos que “el cuento” –a su vez– sea un género favorito no solo de los niños sino de los lectores de cualquier edad, un género que brilla con luz propia en nuestra Hispanoamérica.

Colombia se enorgullece de ser la promotora de este Primer Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, por varios motivos.

Primero: porque es un justo homenaje al mayor escritor de nuestra historia, que empezó como cuentista y que desarrolló este género con maestría, como lo haría también con la novela y la crónica.

Los funerales de la mamá grande, Ojos de perro azul, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, y Doce Cuentos Peregrinos son libros que contienen relatos que dan cuenta del mejor García Márquez y que reflejan –como pocos– el espíritu de un pueblo que, como el colombiano, jamás se cansa de soñar e imaginar.

Segundo: porque Colombia –además de Gabo– ha contado con excelentes cultores del género, como Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo, Eduardo Caballero Calderón, el padre aquí de don Antonio, Pedro Gómez Valderrama, Luis Fayad, Mario Mendoza, Tomás González o Evelio Rosero, entre muchos otros.

Tercero: porque el cuento ha sido una tradición mayor en Hispanoamérica y queremos reavivarla desde Colombia.

Cuando hablamos de cuento en español vienen a nuestra mente escritores maravillosos como los argentinos Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares o Julio Cortázar; como los uruguayos Horacio Quiroga, Juan Carlos Onetti o Mario Benedetti; como el chileno Roberto Bolaño; como los mexicanos Juan Rulfo, me acuerdo ante todo no ser barroco, o Juan José Arreola; como el peruano Julio Ramón Ribeyro, o el guatemalteco Augusto Monterroso.

Yo estoy seguro de que los cinco finalistas de esta primera edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez conocen y se han inspirado en estos maestros, y tienen todas las calidades para inspirar –ellos mismos– nuevas generaciones de cuentistas.

Hoy quiero felicitar –muy especialmente– a estos autores que nos acompañan: los argentinos Carolina Bruck y Guillermo Martínez; el mejicano Héctor Manjarrez; el español Óscar Sipán y el chileno Alejandro Zambra.

Haber llegado a esta instancia, entre 123 obras presentadas, es de por sí un mérito mayor.

Cuando preparé estas palabras no conocía todavía el nombre del ganador pero estoy seguro de que el Jurado –conformado por escritores igualmente excepcionales– cumplió muy bien su difícil labor.

Por eso –ahora que ya lo sabemos– le expreso mi más cálida felicitación a Guillermo Martínez. Tengo entendido que usted además es profesor de la Universidad de Virginia. Allá está mi hijo menor. Enséñele, enséñele a escribir y a leer mejor, por favor.

Usted será el primero de una lista que esperamos se enriquezca cada año, de los principales autores de cuento de nuestra Hispanoamérica en el siglo XXI.

Y de eso se trata. ¡Qué mayor homenaje a Gabo –ese gran cuentista, gran amigo– que revivir y dar lustre a este género que nació el mismo día que la literatura!

Y no se trata solo del premio, que de por sí ya es sustancioso: a partir de estas obras finalistas vamos a crear en nuestra Biblioteca Nacional una Biblioteca Hispanoamericana de Cuento Gabriel García Márquez, con las obras más destacadas del género, y además vamos a comprar las obras finalistas para dotar las cerca de 1.400 bibliotecas públicas del país.

¡Sus libros, apreciados autores, estarán en manos de cientos de miles de jóvenes y adultos en todos los rincones de Colombia!

Así, en el nombre de Gabo, motivaremos la lectura en nuestro suelo y promoveremos la escritura de libros de cuento en toda la patria del idioma castellano, para que más y más escritores sigan creando y recreando la vida desde las páginas de un libro, exaltando la imaginación y generando la reflexión.

Les agradezco especialmente a nuestra Ministra de Cultura, Mariana Garcés, a la Directora de la Biblioteca Nacional, Consuelo Gaitán, me acuerdo perfectamente hace un poco más de un año, cuando me dijeron; tenemos esta iniciativa, y yo les dije: no lo duden, adelante, y a sus entusiastas equipos, por sacar adelante esta magnífica iniciativa.

Gracias al jurado por su trabajo dedicado y por su aporte invaluable a esta primera edición de un premio llamado a subsistir y a hacer historia en nuestra cultura.

Y gracias, muchas gracias, a todos los creadores que –al igual que aquellos que nos contaron de creaciones y diluvios hace miles de años– siguen siendo testigos, narradores y cómplices del devenir de nuestros tiempos y de nuestro destino como seres humanos.

En lo que a mí respecta… este cuento se ha acabado.