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 Palabras del Presidente de la República, Juan Manuel Santos, en la instalación de la Conferencia Internacional de Cultura Ciudadana ‘Cultura y Construcción de Paz’

 Bogotá, 2 oct (SIG).

Quiero comenzar con una historia triste, la de Jorge Luis Vanegas: tenía 23 años y nadie le decía Jorge Luis, sino que lo conocían como 'El Poto', el nombre que usaba para personificar a un payaso en un circo itinerante, de esos que recorren nuestra geografía llevando alegría a niños y adultos.

Hace un poco más de dos semanas, mientras El Poto cumplía su acto en el municipio de Altos del Rosario, en Bolívar, un grupo de jóvenes, desde afuera, se dedicaron a lanzar piedras a la carpa del circo.

El Poto salió de la carpa –ataviado con su traje de payaso– y les pidió que respetaran a los niños y al espectáculo que estaban presentando.

No acababa de decir eso cuando uno de los muchachos desenfundó un cuchillo que llevaba y se lo clavó a la altura del corazón, causándole la muerte.

Cuando uno conoce noticias como estas –que infortunadamente pasan con demasiada frecuencia en nuestro país, producto de riñas y peleas por las razones más absurdas–, no solo siente un profundo dolor de humanidad, sino que también reflexiona sobre la violencia que nos rodea.

Cuando oí esa historia, mi primera tentación fue pensar que el asesino de El Poto –al que capturaron pocas horas después– simplemente no valoraba la vida de otra persona, el derecho a existir de otro ser humano.

Pero luego fui un poco más allá. Este homicida no valoraba la vida del joven payaso, eso está claro, pero –y aquí está la paradoja– tampoco valoraba su propia vida, y optó por ceder a un impulso oscuro que le significará pasar muchos años o décadas de su vida en la cárcel.

¿Por qué?... ¿Qué nos pasa?

¿Qué le pasa a una sociedad donde unos matones se arrogan el derecho de acabar con la vida de un muchacho bueno y trabajador?

Esta semana, en Bogotá, un par de jóvenes 'punkeros' le dieron una terrible paliza a un estudiante que no conocían ni se había metido con ellos, solo porque "querían ver sangre de gomelo".

¿O qué me dicen de los que son capaces de asesinar para robar un simple celular?

¡Qué nos está pasando! ¡Qué enfermedad tenemos!

¿En qué momento nos acostumbramos a ver estas barbaridades en las páginas judiciales o en los noticieros, sin descomponernos, sin indignarnos, sin que nos duela a todos?

En Colombia estamos empeñados en un proceso de paz para terminar un conflicto que nos ha desangrado por medio siglo, un conflicto con la guerrilla. Es un paso muy importante, necesarísimo, que nos llena de esperanza y que está alentando el mundo entero.

El mundo entero está muy interesado en lo que está sucediendo en este proceso de paz, por muchas razones que en este momento no les voy a señalar, pero estamos sentando precedentes en muchos frentes.

Pero tenemos que ser realistas.

La mayor parte de las muertes y lesiones que sufren los colombianos no se deben al conflicto armado, ni siquiera al crimen organizado, sino a riñas y enfrentamientos en los barrios, en las tiendas, en los bares, en los colegios, ¡en los mismos hogares!

El campo de batalla –la zona de riesgo– está más en la vida cotidiana, con las personas cercanas, y tenemos que pensar en un antídoto para esta especie de plaga social.

Ese antídoto lo conoce muy bien Antanas Mockus, lo conocen los amigos de Corpovisionarios, y los bogotanos y colombianos tenemos la fortuna de haber sido influidos por su ejemplo y sus palabras. Y esperamos ser cada vez más influidos por su ejemplo y sus palabras. Lo necesitamos.

Esta vacuna, este antídoto a la intolerancia, al pasar por encima del otro, al "todo vale", al irrespeto, es lo que Antanas ha defendido durante tanto tiempo: la palabra mágica, su CULTURA CIUDADANA.

De poco vale firmar acuerdos de paz, de poco valen las normas punitivas que aumentan condenas para los criminales, de poco vale aumentar el pie de fuerza de la Policía, que me lo piden todos los días en todas partes, si no promovemos, si no extendemos, si no interiorizamos todos y cada uno de nosotros esa cultura ciudadana, esa que nos enseña que nuestras libertades terminan donde comienzan las de los demás. Así de sencillo y así de contundente.

Recuerdo en las alcaldías del profesor Mockus cómo los bogotanos aprendimos cosas tan elementales como respetar las cebras en los cruces viales, indicarles a otros conductores con señales didácticas si estaban obrando mal o bien, e incluso… ¡a ahorrar agua bañándonos en pareja! Yo lo aproveché mucho, Antanas.

Todo eso caló muy hondo en la conciencia cívica de la ciudad y –si bien se ha perdido en buena parte– tenemos que recuperarlo no solo en Bogotá sino en todo el país.

Tenemos que recuperar la cultura ciudadana y la cultura de la legalidad, para saber que cumplimos la ley, no porque exista un castigo, sino porque estamos convencidos de que es bueno cumplirla, y de que es lo mejor para nosotros y para la sociedad.

Y por supuesto, hay una tercera cultura, que también ha defendido Antanas a capa y espada, la ha promovido en todas partes: la CULTURA DE LA VIDA.

Nada hay más sagrado que la vida humana. No existe derecho más fundamental que el derecho a la propia existencia.

Por eso comencé hablando del crimen de El Poto. Porque tenemos que despertarnos y darnos cuenta de que una sola muerte violenta es demasiado; que una sola herida permanente, una desfiguración por ácido, son demasiado; que una sola violación o abuso sexual son demasiado.

¡No podemos seguir siendo indiferentes si queremos tener por fin una sociedad vivible, amable, de la que todos nos podamos sentir orgullosos!

Esta misma semana se radicó en el Congreso el proyecto de un nuevo Código de Policía que –precisamente– está basado en la cultura ciudadana y en la prevención del delito.

Lo que buscamos con este Código –más que las típicas reformas que aumentan penas para los delitos– es dar más herramientas a la Policía para que genere cultura ciudadana.

Por eso el proyecto trata de varios aspectos de la convivencia como la buena vecindad, las conductas en el uso del transporte público, el buen trato a las personas de la tercera edad, incluso el cuidado y protección de mascotas y animales.

Con este código habrá multas para quienes porten armas blancas y para los que protagonicen peleas.

Porque pelearse no es una diversión, ni un espectáculo, ni una cosa normal, sino un hecho lamentable que hay que prevenir y sancionar.

También habrá más medidas para combatir el hurto de celulares, incluyendo la exigencia de que quienes compren y vendan celulares deben contar con una autorización del Ministerio de las TIC. Y los establecimientos que vendan equipos robados serán cerrados inmediatamente.

En fin: el Código –que reemplazará al que está vigente desde hace más de 40 años– busca prevenir esas conductas que afectan la vida cotidiana, a los ciudadanos de a pie, y contempla una serie de sanciones que van desde multas a amonestaciones.

Pero lo más importante es que hacemos énfasis en la prevención, que no es otra cosa que la promoción de ese antídoto al que me he referido, el de la cultura ciudadana, y ojalá ustedes puedan colaborar.

La representante Robledo podría participar mucho en esa discusión de ese Código, que ojalá salga bien, sería muy bueno para todos nosotros.

Usted lo mencionaba muy bien: esa es la parte de las instituciones formales, eso es lo que está escrito en la ley, eso lo va a sacar al Congreso y nos obliga. Pero más importante todavía son las instituciones informales, lo que llevamos todos adentro en el corazón, en el alma, en la cultura de hacer las cosas no porque la ley lo dice, sino porque lo sentimos.

Hoy es el Día Internacional de la No Violencia, que recuerda el aniversario del nacimiento de ese gran hombre que fue Gandhi. Nació un 2 de octubre hace 165 años. Quiero que los colombianos nos comprometamos con la vida, con la paz y con la convivencia.

Hoy tenemos que pensar en cómo vamos a ser mejores, en cómo vamos a construir entre todos una sociedad más armónica, más equitativa, más tolerante; en cómo vamos a forjar el posconflicto, ese posconflicto que nos exigirá a todos –cada cual en su campo de acción– una actitud constructiva, un enfoque positivo de tender puentes en lugar de destruirlos.

Hoy –por ejemplo– en Tumaco, un excelente músico y un gran colombiano, abanderado de la paz –César López– está iniciando un concierto, con otros artistas, que durará un día entero… la jornada 24-cero: 24 horas, cero muertes violentas.

Así nos recuerdan que es posible que pase un día sin matarnos, que pase un día ojalá sin odio, sin ese resentimiento, sin heridas entre hermanos.

Sin duda, la cultura ciudadana es el camino para que los colombianos consolidemos la paz total, esa paz que es mucho más que el silencio de los fusiles: es el desarme de las almas y la apertura de los corazones.

Querido Antanas:

Usted mencionaba varios ejemplos, misiones imposibles, gestiones. Quiero resaltar aquí, lo hice en San Andrés, miren lo bonito, y esto lo enaltece sobre todo a usted, Antanas Mockus: con mi antiguo rival en las elecciones anteriores, ahora, antes de ganar éstas, encontramos un común denominador, que era mucho más importante que cualquier diferencia: la paz.

Y sin ninguna condición sino con la mejor voluntad. Como lo hizo Clara López, con quien seguimos manteniendo unas diferencias ideológicas, eso es normal, eso es aceptable. Pero qué bueno que hayamos podido hacer al lado esas diferencias, o no hacerlas al lado sino poner sobre esas diferencias unos comunes denominadores que son más importantes, en este caso el de la paz.

Y que luego de ser mi adversario en la campaña del 2010 se convirtió, a estas dos personas, tengo que decirlo, les debo la Presidencia de la República, ese apoyo que me dieron fue ese apoyo marginal por un ideal más importante. Con Clara, ella se mantiene en la oposición, y está bien que así sea. Pero nos ponemos de acuerdo en lo que es más importante para el país.

Les voy a contar esa anécdota de cómo las cosas sí se pueden hacer cuando hay voluntad. El caso con el Presidente, que en paz descanse, Hugo Chávez. Yo tenía con él un enfrentamiento a muerte, nos decíamos hasta de qué nos íbamos a morir. Yo el otro día releía las columnas que alcancé a escribir contra Hugo Chávez, y oía lo que él decía en contra mía. Casi como mi antecesor.

Entonces un día me eligieron Presidente de la República. Estaba yo en Argentina, me acuerdo. Estaba con el expresidente Kirchner en una comida. Entonces me dijo algo parecido a lo que dijo Antanas ahora: 'A mí me gusta hacer cosas como imposibles, me gusta promover esas causas que todo el mundo dice que no son posibles de realizar. ¿Usted estaría de acuerdo en hacer un acercamiento con Hugo Chávez?'.

Yo ya lo había pensado. Cuando a mí me eligieron Presidente, yo dije: la responsabilidad mía como Jefe de Estado, como Presidente de todos los colombianos, ya no es la responsabilidad del periodista enfilado en los ataques, en las críticas, ni siquiera del Ministro de Defensa, sino que yo soy el Presidente de todos los colombianos, y lo que más le conviene a Colombia es mejorar las relaciones con Venezuela, es tener buenas relaciones con todos los vecinos.

Cuando me dijo eso el expresidente Kirchner, le dije: 'Claro que sí, claro que sí, yo sería capaz, estaría más que dispuesto, creo que nos conviene a los venezolanos y a los colombianas.

Él me llamo dos días más tarde y me dijo: 'Hay una posibilidad de que se reúnan, porque el presidente Chávez está también dispuesto. ¿Usted qué opina?'.

Entonces yo le dije: 'Dígale que lo invito, lo invito a un sitio simbólico, que es donde murió Bolívar, la Quinta de San Pedro Alejandrino. Lo invito el 10 de agosto, tres días después de mi posesión'. Entonces me llamó a las 12 horas y me dijo: 'Listo, allá va a estará a tal hora'.

Vino la posesión, vino el 10 de agosto. El 10 de agosto es mi cumpleaños. Entonces llegó Chávez y yo estaba muy nervioso: cómo lo voy a enfrentar después de todo lo que nos hemos dicho.

Estaba yo con la Canciller y estaba en la Quinta de San Pedro Alejandrino, y aterrizó Chávez con sus aviones, sus carros. Entonces se bajó. A él le fascina hacer declaraciones en el aeropuerto y a donde llega. Entonces llegó y le dio declaraciones a la prensa desde el aeropuerto, diciendo: 'Aquí estoy con la bandera blanca de la paz, la hermana República de Colombia; vamos a mejorar estas relaciones. Y además llego en un día muy especial. Llego el día del cumpleaños del Presidente Santos, que está cumpliendo 48 años. Y voy a darle ese abrazo de cumpleaños, y que restablezcamos nuestras relaciones'.

Yo estaba viendo eso en la televisión y me acordé de un consejo de Churchill, quien decía: 'Cuándo usted esté en una situación difícil, el humor siempre ayuda'. Entonces me acordé de ese consejo. Y entonces cuando llegó Chávez, se bajó del carro y fue a darme un abrazo. Entonces, yo muy serio, le tendí la mano y le dije: 'Presidente Chávez, esto comenzó muy mal'. El tipo quedó como estupefacto. Dijo: '¿Qué pasó?'. Le volví a repetir: 'Esas declaraciones suyas me ponen en serios problemas, Presidente Chávez'.

Dijo: '¿Pero qué pasó? ¿Qué fue lo que dije?'. Le dije: 'Usted dijo que yo cumplía 48 años; yo cumplo 58, y mi señora me va a exigir muchísimo más'.

Desde ese momento se rompió el hielo, y hasta el día en que murió tuvimos unas relaciones cordiales. Mantuvimos unas diferencias de fondo: la forma de pensar sobre muchas cosas. Inclusive nos hacíamos chistes sobre cómo pensábamos de diferente.

Pero esa relación lo único que ha traído es algo positivo para los venezolanos y los colombianos. ¿Qué tal nosotros en este momento?. Hace cuatro años o un poquito más estábamos hablando de guerra, no teníamos ningún comercio, no nos hablábamos, nos insultábamos todos los días por la televisión. Yo digo hoy que muy posiblemente no habría podido iniciar el proceso de paz, donde Chávez ayudó en forma muy importante.

Eso lo traigo a colación porque es un ejemplo de cómo uno puede tener una buena relación con alguien con el cual o la cual tiene profundas diferencias. Eso es respeto por las diferencias. Por eso digo: educar en la diferencia es la base para construir un futuro en paz: educar en la diferencia, respetar las diferencias. Es lo que nosotros tenemos que tratar también de inculcarles a los colombianos: podemos pensar diferente, pero también podemos trabajar juntos por objetivos más importantes.

Por eso resalto tanto el ejemplo de Antanas Mockus. Y le agradezco tanto, además, por esto que usted está haciendo. Y ahora que dice que quiere ponerse misiones imposibles. Hay unas bastante difíciles. Pero si usted logra que, por ejemplo, vayan al Palacio, las puertas del Palacio están abiertas para todos los colombianos, todos, incluyendo a quienes sabemos.

Quiero hacerles también una confesión, yo no he hablado de esto: Liliana Caballero, que ha trabajado con usted tanto y hoy tiene una posición muy importante en el Gobierno, la Directora de la Función Pública es la que en cierta forma maneja a todos los funcionarios del Gobierno, ahí hay una responsabilidad enorme que tiene que ver con la cultura. Porque si iniciamos cambiándoles la cultura a los propios funcionarios del Estado, a los propios funcionarios del Gobierno, eso tiene un efecto multiplicador.

Por ejemplo, en la venta de la paz. En la venta de la paz es impresionante cómo la gente, primero, está totalmente desinformada. Hemos hecho algunas encuestas recientemente. Las elecciones me prendieron como un bombillo. ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Cuál es la desconexión?

Porque la economía, en términos generales, va bien. La parte social ha avanzado como nunca antes. La pobreza ha bajado casi 10 puntos porcentuales. El empleo se ha venido generando. ¿Qué pasó?

Resulta que los colombianos se comieron el cuento que esa era una mala paz. Como si existiera una mala paz. No hay paz mala ni guerra buena. Y sí se dejaron influir: que aquí estamos nosotros entregándole el país a las Farc, que estamos entregando el país al terrorismo, mucha gente se lo creyó. Pero descubrimos otra cosa muy interesante: mucha gente se acostumbró a vivir en guerra, en medio de la violencia, dos, tres generaciones, y le tienen miedo al cambio.

Miedo a la paz porque es un cambio. Y ahí sí que es importante el trabajo que ustedes están haciendo, el trabajo activo, duradero, necesario, de largo plazo. Por eso, como se los he dicho, cuenten con todo mi apoyo en lo que yo pueda hacer para que ustedes sean exitosos, porque si ustedes son exitosos, el país es exitoso.

Por eso estoy aquí con entusiasmo, y cuántas veces me inviten allá estaré, y trabajemos juntos porque así es como realmente vamos a construir un mejor país.

La paz realmente se construye en nuestros corazones, en nuestra forma de ver la vida, en nuestra cultura. Lo que suceda en La Habana es una condición necesaria, pero mucho más necesaria es ese trabajo que hacen ustedes. Los felicito. Muchas gracias.