Este es el sitio de la Presidencia Agosto 2014 - Diciembre 2015 - última actualización 10 de diciembre de 2015
Skip Navigation LinksPresidencia > Noticias > 2015 > Abril > Palabras del Presidente Juan Manuel Santos con motivo del Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas, y el lanzamiento del concurso para diseño del Museo Nacional de la Memoria

 Sistema Informativo del Gobierno

SIG

 

 Palabras del Presidente Juan Manuel Santos con motivo del Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas, y el lanzamiento del concurso para diseño del Museo Nacional de la Memoria

 Bogotá, 9 abr (SIG).

En la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras establecimos que cada 9 de abril sería una fecha para reflexionar sobre nuestro pasado, y asumirlo con franqueza, con claridad.

Es por eso que hoy es un día para mirar de frente, ojo a ojo, los hechos atroces que se han cometido en nuestro país, para hacer memoria de una guerra que ha dejado muertos, huérfanos, viudas y desplazado, y que tristemente aún prosigue.

Vengo de una ceremonia con nuestros soldados, nuestros policías. Y en el minuto de silencio que se hizo por los soldados heridos, caídos en esta guerra, les preguntaba: ¿Cuántos hijos o hijas no quedaron y han quedado huérfanos? ¿Cuántos esposos y esposas no han quedado viudos o viudas? ¿Cuántos padres o madres no han tenido que enterrar a sus hijos? Por eso estamos empeñados en lograr esa paz.

Y hacemos el día de hoy esa especie de terapia de grupo con nuestro pasado y nuestra realidad, porque la paz es perdón, la paz es reconciliación. Pero, mucho cuidado, mucha atención, la paz no es olvido, porque una sociedad nunca debe olvidar su pasado y porque el derecho a la verdad es uno de los derechos más sagrados de las víctimas.

Hoy, en este Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas, enaltecemos a millones de compatriotas que padecieron y han padecido este absurdo conflicto armado.

Y hemos comenzado, como lo acabo de decir, por los mismos miembros de nuestra Fuerza Pública, muertos o heridos en combate. E hicimos una marcha corta corta esta mañana.

Ellos, nuestros soldados y policías, entienden muy bien una sabia frase de nuestro Precursor Antonio Nariño –de cuyo natalicio se cumplen hoy 250 años–, que todos deberíamos atesorar, internalizar: “De nada sirven los triunfos si la paz no los corona”. Fíjense lo importante de esa frase, 250 años después de su nacimiento.

También aprovechamos esta jornada para analizar el presente y soñar con el futuro.

Las víctimas de la violencia son quienes más participan de este día, porque son ellas las más interesadas en trabajar por un futuro de paz y reconciliación, sin olvidar el pasado.

Aquí, en Bogotá, las víctimas exponen sus puntos de vista en el Congreso; en Caldas hay un cabildo abierto; en Atlántico las víctimas son diputadas hoy por un día; en Barrancabermeja las honran con flores y caminatas; en Valledupar las mujeres víctimas son las protagonistas; en Arauca y Bolívar marchan por las víctimas de las minas antipersonal; en Santa Marta me llama la atención un encuentro indígena, que se da bajo un título muy inspirador: “El territorio como víctima y –óigase bien– como lugar para materializar la paz”.

Y digo que es inspirador porque nos indica que allí donde hubo violencia, puede y debe florecer la reconciliación.

Por su parte, en Ramiriquí, Boyacá, se reúne la ANUC –la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos–, cuyos miembros han padecido por años la violencia, pero también han decidido apropiarse de su destino.

Y no solo en Colombia se hacen oír las voces de nuestros sobrevivientes.

Al menos en 10 de nuestros consulados en América se harán actos de memoria, reconocimiento y atención con aquellos compatriotas víctimas que viven muchos de ellos en el exterior.

No podría ser de otra manera: las víctimas deben ser las protagonistas en cualquier proceso de reconciliación. Por eso las hemos puesto en el centro de la solución de este conflicto.

Allá en La Habana las víctimas, y se lo hemos dicho a las Farc en todas las formas posibles, las víctimas, sus derechos, deben ser respetados: sus derechos a la verdad, a la reparación, a la justicia. Por eso no puede haber paz con impunidad. Sus derechos a la no repetición. 

Ellas están en el centro mismo de esta solución, y a ellas dirigimos la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.

Este mes, hay un compromiso, llegamos a las 500 mil víctimas reparadas –medio millón de colombianos–, pero más que pensar en lo que hemos hecho, debemos concentrarnos en lo que falta. Y nos falta mucho.

Vamos en la dirección correcta, y prueba de ello son las palabras que nos hizo llegar el Papa Francisco, en esta Semana Santa, cuando El Vaticano anunció que Su Santidad nos visitaría en un futuro próximo.

Es muy significativo un aparte de la carta que enviaron a través del Secretario de Estado del Vaticano: “Hay que arriesgarse a cimentar la paz desde las víctimas, con un compromiso permanente para que se restaure su dignidad, se reconozca su dolor y se repare el daño sufrido”.

Desde aquí quiero reiterar nuestra gratitud al Santo Padre. Gracias por sus oraciones y por invitarnos a trabajar juntos, ojalá todo el país, por la reconciliación y por alentar la paz de Colombia.

La paz, las víctimas y el apoyo del Papa Francisco deben unirnos a todos los colombianos, en vez de estimular las divisiones.

Si hay algo en lo que todos estamos de acuerdo es en reparar a las víctimas, y muchas veces he dicho que la tarea más grande no es solo reparar, sino evitar que haya nuevas víctimas. Lindo lema: ‘Ni una víctima más’, muy apropiado, muy oportuno.

Para eso es el proceso de paz. Y para eso también –para evitar que la tragedia se repita– tenemos que hacer memoria y confrontar la verdad, por dura que parezca.

Reconocer el horror, las muertes, los despojos, el enfrentamiento entre hijos de una misma nación que hemos sufrido por medio siglo, es una garantía de no repetición.

No es fácil, porque da vergüenza… –¡y nos tiene que dar vergüenza!–.

No es fácil, porque duele… –¡y nos tiene que doler!–.

Porque estos sentimientos sirven para vernos con sentido crítico y nunca más permitir que un compatriota sea víctima de una violencia sin sentido.

No seremos los primeros en sentir vergüenza –y en reconocerla–.

Aquí veo al Embajador de Alemania. La Canciller alemana, Ángela Merkel, fue al parlamento Israelí –hace 7 años– y allí dijo, con todas sus letras: “El holocausto nos llena a los alemanes de vergüenza”:

Los victimarios y las víctimas de este infame pasaje de la humanidad lo recuerdan a diario –con monumentos, museos y libros de historia–. ¿Y por qué lo hacen? Porque la memoria es el mejor antídoto de la repetición.

Hoy en Colombia avanzamos en este proceso de confrontación con nuestro propio conflicto, y por eso presentamos el predio donde se levantará el Museo Nacional de la Memoria.

Este Museo es responsabilidad del Estado, pero hay que aclarar que no pretende constituirse en una memoria oficial.

Las víctimas son las principales destinatarias y protagonistas del Museo, porque sus testimonios son los que más deben quedar grabados en nuestra memoria colectiva.

A los colombianos NO se nos puede olvidar que –a lo largo de cinco décadas– más de 220 mil compatriotas han muerto, 25 mil están desaparecidos, 30 mil han sufrido el secuestro y casi 6 millones han sido desplazados.

Por eso, el Museo que aquí levantaremos servirá para dignificar a las víctimas, pero también para que todos APRENDAMOS, RECORDEMOS Y NO OLVIDEMOS.

Permítanme leer un corto aparte de una columna del Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, que escribió hace 6 años, en la que explica la importancia de este tipo de museos.

Decía Vargas Llosa: “Los museos son tan necesarios para los países como las escuelas y los hospitales. Ellos educan tanto y a veces más que las aulas y sobre todo de una manera más sutil, privada y permanente que como lo hacen los maestros. Ellos también curan, no los cuerpos, pero sí las mentes, de la tiniebla que es la ignorancia, el prejuicio, la superstición y todas las taras que incomunican a los seres humanos entre sí y los enconan y empujan a matarse.

Los museos afinan la sensibilidad, estimulan la imaginación, refinan los sentimientos y despiertan en las personas un espíritu crítico y autocrítico.

El Museo Nacional de la Memoria que vamos a construir –además de ser una medida de reparación y de satisfacción para las víctimas del conflicto–, será un lugar para visibilizar la magnitud de la tragedia, de nuestra tragedia, y reflexionar sobre las causas y las consecuencias de la guerra.

Por supuesto, construir un Museo que sirva para tantos propósitos no es tarea fácil, pero convocaremos a los mejores.

Hoy este acto es para lanzar ese concurso público para el diseño arquitectónico del Museo de la Memoria.

Quiero invitar a los arquitectos –colombianos y extranjeros– para que nos hagan llegar sus propuestas.

Y quiero pedirles a los gobiernos con representación en Colombia que extiendan esta invitación en sus países.

Estamos conformando un jurado de lujo, con los mejores arquitectos y expertos en diseño de museos, que evaluará las propuestas y brindará recomendaciones y sugerencias al diseño ganador.

Queremos un Museo que sea LUGAR DE SANACIÓN, AULA DE APRENDIZAJE y TEMPLO DE REFLEXIÓN.

LUGAR DE SANACIÓN porque debe haber duelo, debe haber reconocimiento y dignificación para las víctimas.

AULA DE APRENDIZAJE porque el Museo aportará al conocimiento y análisis crítico de tanta violencia que hemos tenido, además de enseñar la necesidad de una sociedad que respete la diferencia.

De hecho, para avanzar hacia esa convivencia, este Museo debe reconocer a víctimas de todos los actores del conflicto.

Y digo que el Museo también será un TEMPLO DE REFLEXIÓN, porque aquí nos vamos a mirar y a reconocer como seres humanos, con nuestros errores, con nuestra falencia y con nuestra violencia sin sentido, pero también en nuestra resistencia y nuestra solidaridad.

Hoy y siempre debemos preguntarnos –especialmente quienes no fuimos víctimas, aunque todos de alguna forma lo somos– qué hicimos o qué dejamos de hacer frente al horror y la sevicia que se desplegó sin límites contra nuestros compatriotas.

Nuestras acciones y omisiones deben servir de ejemplo para las próximas generaciones –ya sea para que aprendan de nuestros aciertos o para que no repitan las nuestras equivocaciones–.

Si somos capaces de leer críticamente nuestro pasado, no cometeremos los mismos errores hacia adelante.

Sea el momento de agradecer al Distrito, y al alcalde Gustavo Petro, a todo su equipo, por aportar este terreno para el Museo.

Gracias, Alcalde, por su permanente contribución a la paz, por ser ejemplo de cómo podemos hacer política sin armas, y de cómo podemos pensar diferente –usted y yo pensamos muy diferente– sin lastimarnos.

La construcción del Museo, aquí, se suma al Proyecto Urbano Eje de la Paz y la Memoria, liderado por el Alcalde.

De hecho, el terreno para el Museo está ubicado, como él lo decía, en el corazón de esta amplia zona –que va desde los cerros hasta la Carrera 30– destinada a reconocer a las víctimas con otras obras y monumentos.

Valoramos también, desde el Gobierno Nacional, la iniciativa del sector privado de crear la Fundación Eje de la Paz y la Memoria –que está en proceso de constitución– para contribuir al desarrollo de este Eje.

Quiero finalizar haciéndoles a los colombianos una invitación: en este Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas.

Hoy, a las 6:00 de la tarde, encendamos una vela por los millones de compatriotas que han sufrido por la violencia.

La luz de esas velas representará la esperanza, la capacidad de resistencia y la vocación de paz que nos han demostrado precisamente las víctimas.

Porque –¡qué paradoja!– cuando algunos en la sociedad claman venganza y guerra, son las víctimas las que –desde su dolor– hablan de perdón y hablan, sobre todo, de PAZ.

A todas ellas mi más sentida admiración, mi más profunda solidaridad.

¡Por todas ellas seguiremos trabajando!

Muchas gracias.