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 Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en la inauguración de la 28ª Feria Internacional del Libro de Bogotá

 Bogotá, 21 abr (SIG).

Esta es la sexta Feria Internacional del Libro de Bogotá que instalo como Presidente.

En varias de las anteriores ediciones estuve acompañado por mandatarios de los países invitados de honor, como fueron el presidente Correa, del Ecuador; el presidente Cavaco Silva, de Portugal, y el presidente Humala, del Perú.

Y ya sabemos que el invitado del próximo año será nada menos que Holanda –aquí veo a su Embajador–, una nación con la que tenemos una larga amistad, y gran admiración por su literatura y su arte.

Pero hoy vivimos un acontecimiento muy peculiar pues el país invitado de honor tiene características únicas.

Por eso no hay ningún mandatario extranjero a mi lado en la mesa de honor.

Porque de alguna manera hoy me corresponde obrar como presidente “encargado” de una nación, un territorio, una comarca, que se parece mucho a Colombia, que se parece al Caribe y a toda América Latina, y que se parece a nuestros sueños más desmesurados: MACONDO.

Y digo que vengo como “encargado” porque el país invitado en esta ocasión tiene un único y verdadero gobernante, uno que nadie destronará jamás y que habita en nuestros corazones y nuestra memoria: GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, nuestro querido Gabo.

Hace un año, cuando instalamos la Feria, con la presencia de otro premio Nobel latinoamericano, Mario Vargas Llosa, teníamos fresco el dolor de su partida.

Han pasado doce meses… Y así como en Macondo llovió 4 años, 11 meses y 2 días… en nuestras almas no ha dejado de llover.

Pero tampoco ha cesado de crecer la admiración.

Hemos dicho que el mayor homenaje que se puede hacer a nuestro Nobel es volver a sus obras, leerlas, disfrutarlas, y seguir sumergiéndonos en ese universo que parece inagotable.

Y así ha sido… La obra de Gabo ha sido protagonista este año en los eventos de la cultura del mundo, y lo es más que nunca de esta Feria Internacional del Libro de Bogotá.

El Parlamento Europeo se adornó de rosas y mariposas amarillas, y le rindió homenaje. También lo hicieron el Festival de la Leyenda Vallenata y el Festival de Cine de Cartagena…

El Ministerio de Cultura entregó por primera vez el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, y ya se abrió la convocatoria para una nueva edición.

Porque Gabo no está entre nosotros, pero sus libros sí, su palabra sí, su espíritu libertario sí…

Leerlo no puede ni debe ser una tarea escolar.

Leerlo es un goce del alma y una reafirmación de nuestro ser caribe y latinoamericano, de nuestro compromiso con la vida…

Y también es gratificante acercarnos a su proceso creativo.

En la Biblioteca Nacional, por ejemplo, se exhibe una maravillosa donación que su familia hizo a los colombianos: la medalla y el diploma del Premio Nobel que recibió de manos del Rey de Suecia en 1982, y la máquina de escribir Smith Corona en la que tecleó, letra por letra, su obra maestra Cien años de soledad.

Y se pueden conocer y consultar sus libros, tanto en español como en sus traducciones a más de 30 lenguas, desde el quechua hasta el japonés.

Gabo nos contagió a muchos, a millones de colombianos, el amor por la lectura, y nos hizo ver que una buena narración –literaria o periodística– tiene capacidad para transformar la vida o para iluminar una noticia.

Gabo me enseñó de nuevo a leer. Algunos de ustedes han oído esta anécdota, pero quiero compartirla hoy con ustedes:

Gabo tenía un apartamento pequeño en un edificio en Cartagena que se llama “La Máquina de Escribir”, antes de su casa en la ciudad vieja.

Me había invitado a almorzar y llegué yo y estaba furioso, decía una que otra grosería.

Le dije: Gabo qué pasa. Dijo: es que llevo toda la mañana tratando de buscar una palabra y no la encuentro.

-Y qué palabra es Gabo. -Cómo es que se llama ese juego que juegan los niños de la calle con las monedas y el que quede más cerca se lleva la moneda.

Le dije: pues no sé Gabo, pero vamos a almorzar. Y fuimos a almorzar.

Había un restaurantico de un italiano simpatiquísimo, ahí entre “La Máquina de Escribir” y el hotel Hilton, y en ese almuerzo me dio una lección sobre la importancia de la carpintería en la literatura, de la precisión y la pertinencia de las palabras.

Después de esa lección, aprendí a leer mucho mejor su obra y la obra de los buenos escritores, por eso digo que Gabo me enseñó de nuevo a leer.

Y por eso, desde el Gobierno, con el plan Leer es mi Cuento, que adelantan el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Educación, la promoción de la lectura es una prioridad, mucho más si queremos ser el país más educado de América Latina para el año 2025.

Nuestro propósito es duplicar el índice de lectura en el país, facilitando el acceso a los libros y fomentando su uso, incluyendo la lectura por padres o cuidadores desde los años de la primera infancia.

Un buen lector es una persona con capacidad de discernimiento, abierto a las ideas de las diversas culturas o procedencias.

No se trata de que todos pensemos igual: se trata de aprender a argumentar y a expresar las diferencias con respeto y solidez.

El Ministerio de Cultura ha adquirido y producido más de 10 millones de libros.

Hoy podemos decir que existen dotaciones actualizadas en las más de 1.400 bibliotecas públicas y también en las casas de los colombianos más pobres, en los hogares del Bienestar Familiar y en los centros de atención a la primera infancia.

Y la lectura –hoy por hoy– tiene mucho que ver con la conectividad, porque muchos contenidos están llegando en forma digital a los nuevos lectores.

En esa dirección, la Fundación Bill y Melinda Gates ha aprobado un aporte de varios millones de dólares –que se ejecutará de aquí al 2018– para fomentar el uso de nuevas tecnologías en la red de bibliotecas públicas del país, incluyendo la capacitación a los bibliotecarios en el uso de TIC.

Valga resaltar que en el primer cuatrienio del gobierno se construyeron 104 bibliotecas públicas, y esperamos construir un número similar en el segundo periodo, un esfuerzo en el que hemos contado con la cooperación muy importante del Japón.

En el sector educativo, el Ministerio de Educación ha entregado más de 20 mil colecciones semilla –es decir, 5 millones y medio de libros– y ha formado a cerca de 100 mil docentes, bibliotecarios escolares y padres de familia, en temas de promoción de lectura.

Las estadísticas demuestran que los estudiantes que asisten a colegios donde hay biblioteca escolar con más de 200 libros obtienen mucho mejor puntaje en matemáticas o lenguaje que aquellos que estudian en instituciones donde no hay biblioteca escolar

Y aprovechando este espacio del mundo editorial, quiero invitarlos –como estamos haciendo con las diversas empresas del país– a que asuman el reto de la internacionalización.

Nuestros libros pueden traspasar fronteras y aprovechar las oportunidades que ofrecen los acuerdos comerciales que tenemos suscritos.

Hay empresas que –por ejemplo– exportan biblias a México y Costa Rica; también envían a Europa libros para niños; otras venden novelas a través de plataformas digitales en Estados Unidos y España, y otras, textos académicos para diversas universidades del mundo.

Estos son solo algunos de los resultados de las ruedas de negocios que organiza ProColombia, junto a la Cámara Colombiana del Libro y Corferias, desde 2012.

En esta ocasión, a la Feria del Libro llegan –traídas por ProColombia– 90 empresas de 20 países, de las cuales la tercera parte visita el país por primera vez.

Así que… ¡a hacer negocios y a exportar! ¡Ese es el reto!

Y quiero agradecer la iniciativa de algunas librerías y editoriales que –en compañía del Ministerio de Cultura– están diseñando una estrategia para que los colombianos compren un libro para donarlo a los niños en las zonas más remotas del país.

Con la ayuda de todos, cada niño de departamentos como el Vichada, el Vaupés, el Chocó, recibirá un libro y estoy seguro de que lo leerá y conservará como su tesoro más preciado.

Gabo contaba lo que significó para él su encuentro con los libros, con los clásicos de la literatura, en la biblioteca del Liceo Nacional de Zipaquirá.

Tal vez sin esos libros, sin esa biblioteca, hoy no existiría ese Macondo –real y mágico a la vez– que hoy celebramos.

Ese Macondo que se confunde con Colombia y con todos los países del Caribe y –en el fondo– con el mundo entero, donde el hombre se ha acostumbrado a ver como normal lo que es el hecho más fantástico e inverosímil: la vida misma.

En Macondo –como en Colombia– hay talento, amor y arte.

En Macondo –como en Colombia– hay guerras y confrontaciones que afectan a generaciones enteras.

En Macondo –como en Colombia– las estirpes demandan una nueva oportunidad sobre la tierra, una oportunidad para la felicidad y la concordia.

A esos que rechiflan y abuchean, a aquellos que hacen ruido para no escuchar, quisiera recordarles –con un párrafo de García Márquez– que las víctimas no son solo las pasadas sino las que debemos evitar en el futuro:

"El drama no eran los viejos tranvías que pasaban abarrotados de cadáveres al anochecer, sino los vivos que les lanzaban flores desde las azoteas, sabiendo que ellos mismos podían tener un puesto reservado en el tranvía de mañana".

¿Quién mejor que Gabo para describirnos la “sin salida” en la que nos quieren poner como sociedad?

Sin duda es más sencillo –y más notorio– exponer la sangre de otros que pensar en los que sufren cada día que sigue la guerra en Colombia.

¿De qué le sirve al país ese ambiente de pelea? ¿Esa impaciencia? ¿Ese irrespeto? ¿Esa intolerancia?

A eso, justamente a eso, es a lo que nos está llevando esta guerra. A no oírnos. A no dejarnos oír…

Nos hemos vuelto incapaces de prestar atención en forma civilizada a nuestros interlocutores.

Es más fácil gritarle al otro, tirarle la puerta, despreciarlo, decir "usted no sabe quién soy yo", y saltarse las reglas.

¡Eso es lo que debemos parar de inmediato!

Porque la paz no es solo un acto simbólico. La paz implica cambiar nuestros comportamientos, volver a trazar una línea de civilidad que desde hace décadas se torció.

La paz exige paciencia, detenimiento, convencimiento.

Por eso, por respeto a este gran hombre al que le rendimos homenaje hoy, a ese Gabo capaz de volver metáfora la soledad, o de imaginarse un Macondo donde depositar sus más grandes miedos… volvamos a sus palabras, pensemos en los vivos que no quieren morir más que de viejos.

Porque a ese mundo posible es al que tenemos que apuntarle como país.

A un mundo donde nadie calle a nadie, y todos nos escuchemos.

Y si el costo de buscar la paz –lo dije desde un principio– lo pago con mi capital político, con mi popularidad, estoy más que dispuesto a pagarlo.

Pueden seguirme por todo el país, pueden venir a sabotear cada acto al que asisto, pero quiero que sepan que no me detendré en la búsqueda de la paz para Colombia.

Por supuesto que escucho a quienes hoy protestan por los actos crueles de la guerrilla. ¡A mí también me indignan!

Pero también siento profundamente el dolor de los demás colombianos que me dicen–justamente por este inmenso dolor– que debo persistir en la búsqueda de la paz.

Por eso lo digo por encima de los gritos y los trinos:

¡Toda la firmeza con los violentos!

¡Y toda la firmeza para buscar la paz!

El viernes pasado tuve una visita muy especial en la Casa de Nariño.

Me visitaron unos niños de Saravena, Arauca, que habían ganado un concurso de cartas al Niño Dios, cuyo premio –imagínense– era ir a saludar al Presidente.

Una de esas niñas, Karen Castañeda, de 11 años, me dijo que me tenía una idea para conseguir la paz, y me la resumió en una frase tan hermosa como sencilla:

“Quitarnos la venda del odio que no nos deja ver con amor al prójimo”.

¡Que profunda verdad! En estos días, cuando nos duele la violencia absurda entre hijos de una misma nación, una niña araucana nos trae la solución: quitémonos la venda del odio.

Y yo diría algo más, en esta Feria del Libro felizmente macondiana:

Quitémonos la venda del odio para poder ver el mundo de amor que nos rodea, para poder leer las historias asombrosas que habitan en los libros, para poder aprender a ser mejores, para tratarnos con respeto y tolerancia...

¡Cuánta falta hace Gabo para que nos siga creando la vida!

Doce meses después de su partida, lo recordamos con emoción y cariño.

Hoy completamos –sin él– nuestro primer año de soledad.

Hoy –como presidente encargado, apenas encargado, de Macondo– declaro instalada la vigésimo-octava Feria Internacional del Libro de Bogotá.