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 Palabras del Presidente de la República, Juan Manuel Santos, en la entrega del Premio Nacional de Periodismo CPB 70 años

 ​Bogotá, 9 feb (SIG).

Dirigirme a ustedes hoy, en el Círculo de Periodistas de Bogotá, en la celebración del Día del Periodista, constituye para mí una doble responsabilidad en la que confluyen lo más profundo de mis sentimientos y mis mayores convicciones democráticas.

No es una coincidencia histórica que mi padre, Enrique Santos Castillo, haya  sido el primer Presidente del CPB.

Fue la única  presidencia que mi viejo alcanzó en su vida porque  su más firme vocación fue siempre la de ser un gran periodista –sin ninguna figuración pública, porque no era su estilo–, y siempre lo hizo como jefe de redacción de El Tiempo.

Todo empezó en el año 1945, cuando se comenzó a reunir un destacado grupo de periodistas de los más importantes periódicos de Bogotá, que hasta entonces poco se conocían más allá del saludo del cachaco bogotano de entonces, que se limitaba a decirse  “ala, cómo estás, gusto de verte”. 

Practicaban un periodismo fuertemente ideológico, partidista, apasionado, pero a la vez muy bien pensado y mejor escrito.

Por ello, sólo fue posible juntarlos cuando don Manuel Briceño organizó un campeonato de boliche en el célebre Club de Bolos San Francisco.

Invitaron para que hiciera el saque de honor al entonces Presidente Alberto Lleras Camargo, por lo demás uno de los más grandes periodistas y escritores de la historia colombiana, y un mandatario fundamental para entender nuestro siglo XX. 

Entonces, entre “medias” y “moñonas”, comenzaron a fraternizar periodistas de la talla de Emilia Pardo, Ernesto Andrade, Eduardo Zalamea, Carlos Cabrera, Fernando Guillén, Oliverio Perry, Félix Raffán, Álvaro Gómez Hurtado y Enrique Santos Castillo, que representaban a los más caracterizados periódicos de la época, como lo eran –y algunos aún hoy lo son– El Espectador, El Siglo El Tiempo, La Razón y El Liberal.

Fue así como se distensionó la confrontación ideológica –al tenor de la bolera– y este insigne grupo de periodistas se fue identificando por sus férreos principios republicanos, genuinamente democráticos, y sobre todo por su inquebrantable decisión de defender la libertad de expresión, más allá de ideologías y de partidos, a través del ejercicio de la libertad de prensa.

Hace 70 años se publicó la noticia de la constitución del CPB (Círculo de Periodistas de Bogotá) y, dos días después, los 30 socios fundadores se reunieron en su primera asamblea en la Biblioteca del Concejo de Bogotá.

En ejercicio democrático nombraron la primera junta directiva, encabezada por su Presidente Enrique Santos Castillo; su Vicepresidente, Álvaro Gómez Hurtado, y su segundo Vicepresidente José Salgar.

Entre los vocales estaba ese otro prohombre y mártir del periodismo colombiano: don Guillermo Cano.

Esta ilustre congregación de periodistas colombianos escribió el génesis del CPB –como sobre la piedra de las tablas de la ley– lo que ha sido su razón de ser durante estos 70 años de existencia:

“Mantener como canon fundamental la libre expresión del pensamiento, y defender por todos los medios las normas constitucionales y legales que caracterizan la libertad de prensa, como razón de ser y principio esencial de nuestras instituciones democráticas”.

Ese fue el pilar sobre el que se construyó este CPB que está vivo hoy, aquí en esta Colombia que transita hacia la segunda década del siglo XXI, cuando el mundo y nuestro país se han transformado de manera extraordinaria en los órdenes sociales, científicos y tecnológicos.

Nos falta, sin embargo, la última y más importante de las transformaciones, que es alcanzar la paz, esa paz tan necesaria para el desarrollo auténtico y libre de nuestra nación.

Estos pioneros, al crear el CPB, al conciliar sus diversas convicciones ideológicas y partidistas en aras del bien supremo de la libertad de expresión, nos dieron un ejemplo histórico que debemos retomar hoy.

Nos mostraron que siempre es posible conciliar y superar muchas convicciones y paradigmas –y no se digan odios, rencores y pugnacidades– para alcanzar la paz social, la paz de la convivencia, la paz de la vida humana, esa paz que –con justicia y la libertad– constituyen la verdadera expresión de una democracia moderna y participativa.

Si ellos pudieron, nosotros no podemos ser inferiores.

La Colombia moderna y compleja de hoy nos exige tener la visión y la capacidad de liderazgo y sacrificio necesarios para alcanzar una paz que, sin duda, van a disfrutar más y agradecer especialmente los jóvenes de hoy y las futuras generaciones, porque a algunos de nuestros contemporáneos –tristemente– hoy los  árboles no les dejan ver el bosque.

Mucho más podría decirse sobre la relación de la libertad de prensa con la paz en democracia, pero hoy quiero –ante todo– reconocer la importancia y trascendencia de una institución como el CPB.

Hoy quiero resaltar el trabajo de los premiados en esta Noche de los Mejores y –muy especialmente– felicitar a Javier Darío Restrepo, maestro de periodistas y de ética en este bello oficio.

Ya se va haciendo costumbre acompañar a Javier Darío en los justos reconocimientos que recibe, pues también hace unos meses recibió el Premio Gabriel García Márquez de periodismo.

Gracias por tantos años de buena reportería y de mejores reflexiones. Usted sabe muy bien, Javier Darío –porque lo ha dicho– que el periodismo no es un poder, sino un servicio.

*****

Ya vimos que el CPB, esta institución del periodismo colombiano nació en las manos de un puñado de intelectuales visionarios, y que hoy, 9 de febrero del 2015, es una antorcha que conserva viva su llama al viento.

Yo le pido a la actual directiva y a todos sus socios actuales, sucesores de aquellos viejos maestros, que no dejen apagar esa llama.

Y le agradezco mucho, doctor (Elker) Buitrago, sus palabras de compromiso –como gremio y como colombianos– con la búsqueda de la paz. ¡Nada distinto esperamos de quienes, como ustedes, han conocido y les duele la realidad del conflicto!

En mi caso, como jefe del Estado, soy también guardián de esta heredad porque tengo, a mucha honra, la condición de ser Presidente por dos períodos consecutivos –mandato que me otorgó generosamente el pueblo colombiano–, pero igualmente tengo la vocación, tengo la pasión y el destino de ser periodista, por sangre y convicción.

Y Presidente y periodista se juntan y expresan en una misma, unánime e innegociable certeza: respeto a la libertad de expresión, respeto defensa de la libertad de prensa, libre ejercicio del juego de las ideas contrarias.

Esta es la esencia de la democracia y yo soy un demócrata “hasta los pies vestido”, que por tradición provengo de las canteras republicanas.

Valga decir que nuestro gobierno sí respeta íntegramente la libertad de pensamiento, respeta la libertad de opinión, de expresión y de oposición.

Este gobierno NUNCA ha llamado a directores de medios a regañarlos, ni mucho menos los espiarlos o les quita la pauta a los que critican.

La oposición que viene en la extrema derecha ha asumido la estrategia de presentarse como perseguida política… y el país sabe, sabe muy bien, que esa es otra mentira monumental.

Este gobierno no persigue a nadie, y la justicia –por fortuna– es un poder independiente.

Si acaso mi gobierno persigue a los corruptos y a los delincuentes.

En estos cuatro años y medio de gobierno, todo el mundo ha podido controvertir lo que ha querido.

Pero irse a otras latitudes a decir que Colombia es una especie de dictadura –o un régimen pro-comunista donde el gobierno persigue a sus opositores–, eso es traspasar los límites de una oposición responsable.

Ahora quieren aplicar en el exterior la misma táctica fascista que han aplicado aquí en Colombia: mentir, mentir, mentir…, pues de esa mentira algo queda.

Lo malo en este caso es que no solamente se trata de una afrenta contra Juan Manuel Santos o su gobierno, lo cual sería secundario, lo que pasa es que esa es una afrenta  contra todos y cada uno de los colombianos, contra el esfuerzo que durante años hemos hecho todos por hacer de Colombia un país donde vale la pena vivir, donde vale la pena invertir, por el que vale la pena trabajar.

***

Hace apenas dos semanas recordé otra vez en el Palacio Presidencial del Eliseo en París –tan cerca del museo donde se encuentra la vigorosa obra de arte La Libertad guiando al Pueblo–  el día en que mi tío abuelo Eduardo Santos llegó en calidad de exiliado a París, después de ver cómo las llamas, no de una antorcha, habían devorado las instalaciones de El Tiempo.

Entonces, en 1955, en la Ciudad Luz de la libertad, se ofreció un homenaje al Expresidente exiliado, y el oferente y orador principal fue ni más ni menos Albert Camus.

Camus, el gran pensador y premio Nobel, el mismo que dijo que “una prensa libre puede ser buena o puede ser mala, pero una prensa sin libertad no será nunca nada sino mala”, fue en ese homenaje más allá, y reclamó la libertad para exigir que no sean los tiranos sino la gente la que se exprese y diga cuál es la clase de felicidad que quiere.

Yo pienso que ahora llegó el momento de que los colombianos se expresen y reclamen, y digan cuál es la paz que quieren.

El CPB, por fortuna, durante todas estas décadas, ha sido una antorcha vigilante para que esa libertad de prensa –relacionada con la paz, con la justicia y también con el sentido de felicidad que busca el pueblo colombiano–, se mantenga, se fortalezca y cada día consolide más nuestra democracia.

Y me conmueve hoy pensar y reconocer que mi padre, Enrique Santos, fuera piedra angular en la construcción del CPB, como su primer Presidente.

Por entonces yo no había nacido aún, ese año nació mi hermano mayor, 1945, pero lo cierto es que empecé a oler la tinta y a escuchar el rugir de las rotativas desde cuando era niño, cuando mi padre me llevaba a los talleres de impresión de El Tiempo y yo me quedaba dormido entre los rollos de papel hasta que terminaba de revisar los últimos cambios de la edición final.

Allí, en El Tiempo, estuvo 63 años, día y noche, incansable, implacable; el primero en llegar, el último en irse, el ojo vigilante de cada noticia y su titular, de cada palabra, de cada detalle, como si siempre fuera cada edición un periódico que determinara la suerte y el destino de la democracia colombiana.

Varias generaciones de periodistas colombianos –entre ellos muchos aquí presentes– se forjaron bajo la severa disciplina de don Enrique, como siempre lo llamaron.

Sintieron por él una mezcla de admiración, respeto y cierto temor cuando en fracciones de minutos era capaz de leer un largo original y tachar en forma veloz todo lo que sobrara, que no fuera esencial sino contingente, para llegar a la noticia desnuda, pura.

“Apúrese, mijito, apúrese”, era la frase que le recitaba al oído a cada redactor, en aquellos tiempos sin computadores, y era incluso capaz de arrancar de esa máquina de escribir media cuartilla de una noticia en construcción.

Era el maestro del vértigo de un periodismo de noticias sin sosiego, visionario siempre de la dinámica periodística según la cual cada noticia lleva a otra acción y consecuencia, como si se tratara de una ley implacable de la física. 

Tenía, como nadie, la velocidad mental y la mirada rapaz, aquellos ojos de águila del perfecto cazador de noticias, el sabueso de presa que veía antes que todos lo que era o no era noticia.

Fue el sumo sacerdote de un oficio que nació con la modernidad y que se consolidó en el mundo de la mano de la libertad de expresión y la profundización de la democracia.

Una democracia donde la noticia, la información, circula libremente, porque en la democracia –al contrario de los regímenes totalitarios– la información no es propaganda del gobierno sino un derecho que exigen y merecen los ciudadanos.

Pues ese don Enrique –que fue para tantos hacedor de periodismo puro, el maestro determinante y el jefe imperecedero– para mí fue también el padre cariñoso, el cómplice de mis retozos de niño y, después, el forjador de mi vocación de periodista, hasta llegar a vivir aquellos inolvidables años en que fui subdirector de El Tiempo, y él seguía siendo el eterno jefe del periódico.

Cuando concluya mi labor como Presidente, he dicho que quiero ser maestro… profesor. 

Pero también un hombre de letras como el gran Alberto Lleras, que terminó en Chía escribiendo en solitario sus hermosos perfiles sobre sus contemporáneos, montando en bicicleta por los senderos de la Sabana, y dejando gobernar en paz a los mandatarios de turno. 

Y del poder sólo me quedará la nostalgia gozosa de haber trabajado con honradez y convicción –y sin tregua– para que los colombianos alcanzaran la paz.

Y también cierta tristeza porque a mi padre no le alcanzó la vida para verme como Presidente de los colombianos.

Estoy seguro de que era a él –como el que más de mi familia– al que le hubiera gustado verme como Presidente, no por la vanidad del poder, no por el toque del tambor sobre los oropeles que rodean al gobernante –como dijo Darío Echandía–, sino porque se hubiera sentido muy feliz al  presenciar cómo hoy entendemos y defendemos una democracia que sólo será plena el día en que Colombia alcance la paz, en que tenga justicia, en que la  libertad no sea una palabra sino una realidad social.

Defendiendo la libertad, manteniendo siempre la antorcha de la libertad encendida, el CPB y el periodismo colombiano tienen la responsabilidad de ayudar a construir –y de dejar testimonio para la historia– de este trascendental momento que estamos viviendo.

Ustedes son los que escriben cada día las noticias y expresan las reflexiones y análisis, que serán las fuentes únicas para que los colombianos del futuro nos miren y recuerden… y comprendan estos agitados años en que construimos ojalá, definitivamente, la paz.

Muchas gracias