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 Palabras del Presidente de la República, Juan Manuel Santos, en la instalación de la XXXII Conferencia Internacional de Control de Drogas

 Cartagena, 2 jun (SIG).

¡Sean bienvenidos a esta edición número 32 de la Conferencia Internacional de Control de Drogas!

Para Colombia y su gobierno, para nuestra Policía Nacional, es un orgullo y una alegría ser sus anfitriones en esta reunión trascendental para la toma de decisiones y el incremento de la efectividad en el control de las drogas ilícitas.

Y nos complace recibirlos en nuestro suelo, en la siempre idílica Cartagena de Indias, porque Colombia –como ustedes saben– es un país que ha enfrentado con valor y eficacia el problema mundial de las drogas, donde tenemos valiosas experiencias para compartir y también importantes reflexiones para hacer.

Hace más de un cuarto de siglo, Luis Carlos Galán –un joven y carismático dirigente político que fue asesinado por las mafias del narcotráfico– dijo lo siguiente:

“El poder oscuro y criminal del narcotráfico es el más grave de los problemas de la sociedad colombiana”.

Es cierto. Para Colombia el narcotráfico ha sido como una plaga que minó los cimientos sociales, infiltró estamentos de la política y el sector privado, y sirvió de combustible al conflicto interno armado que ahora estamos empeñados en terminar.

Mucha gente se pregunta cómo fue que nació el narcotráfico en Colombia. Les voy a contar una anécdota.

Un colombiano muy ilustre, fundador de nuestra mejor universidad, fue su rector, la Universidad de los Andes, que se intercambiaba cartas con Einstein, se llama Mario Laserna, tenía una tierra al norte de Cartagena, donde estamos nosotros, en un puerto muy lindo cerca de un puerto de Santa Marta.

Tenía una tierra entre el puerto y la Sierra Nevada, donde habitan todavía hoy unas comunidades indígenas que llevan 400 años mascando coca, y esa Sierra es un verdadero paraíso ecológico.

Cuenta el señor Laserna que estaba en la ciudad, en el puerto, y llegó un buque sueco, a finales de los años 60, y tenía unos marineros americanos, que habían peleado en Vietnam y allá habían adquirido el hábito de fumar marihuana.

Y que llegaron y habían oído de una marihuana extraordinaria que se producía alrededor de Santa Marta, que le decían ‘Santa Marta Gold’, y pidieron a unos muchachos que si sabían cómo conseguir esa marihuana, y los muchachos llegaron con lo que llamamos una paca, un bulto de marihuana. Y les preguntaron: ¿Cuánto le debo? Y dijeron: Diez. Entonces le dieron 10 dólares. Resulta que ellos dijeron: No, 10 pesos, que era 10 veces menos el valor.

Y estos quedaron muy sorprendidos del precio tan bajo y mandaron a comprar toda la producción que pudieran conseguir.

Y dice el señor Laserna: Ese fue el primer embarque real de marihuana de droga que salió de Colombia con un propósito comercial.

Y a partir de ese momento evolucionó el narcotráfico en este país, hasta convertirse en una amenaza a la estabilidad nacional. Y, por lo mismo, un problema de seguridad nacional.

Y lo enfrentamos como tal, con un grado de éxito importante.

Hoy por hoy, este flagelo ya no es una amenaza estructural a la seguridad nacional, a la institucionalidad o a nuestra democracia, sino que se ha circunscrito a ser un problema de criminalidad y de salud pública.

Gracias al trabajo profesional y abnegado de nuestros policías y de nuestros soldados, los grandes carteles de la droga fueron desmantelados y ya no amenazan la supervivencia del Estado colombiano.

Los cultivos de coca, a su vez, se han reducido sustancialmente.

El esfuerzo de los distintos gobiernos y de la fuerza pública colombiana ha sido enorme, y ha continuado sin tregua hasta el día de hoy.

Este año se cumplen precisamente 20 años desde que se desvertebró el Cartel de Cali, y aquí tenemos uno de los grandes responsables de ese éxito: el general (Rosso José) Serrano.

Antes de éste, habíamos logrado acabar el Cartel de Medellín y terminado con la nefasta leyenda de Pablo Escobar.

Y luego pusimos fin –capo por capo– al llamado Cartel del Norte del Valle.

Ahí tuve la oportunidad de participar con el general (Óscar) Naranjo, recién nombrado Director de la Policía Nacional, el antecesor del General (Rodolfo) Palomino.

Yo me acuerdo cuando pusimos una lista de los más buscados: 14 eran los capos del cartel del norte del Valle, que íbamos a perseguir. Y fueron cayendo uno tras otro.

Fuimos tachando uno tras otro, hasta lograr los 14. Me acuerdo: ‘Don Mario’, ‘Don Diego’, ‘Los Mellizos’, todos esos capos están hoy en una tumba o están en una cárcel.

Las grandes mafias organizadas del narcotráfico, hay que decirlo con orgullo, fueron derrotadas en Colombia, lo que nos ha dado una experiencia invaluable que nuestros policías hoy comparten con gusto con sus colegas en todo el continente y en el mundo entero.

Desde 1993 hasta hoy –cuesta creerlo– se produjeron en nuestro país 995 mil capturas por narcotráfico.

Oyeron bien: ¡casi un millón de capturas! ¡Eso es algo así como la población total de esta hermosa Cartagena!

Eso dimensiona el enorme esfuerzo que nuestra Policía ha hecho, pero también el tamaño de la crisis social que ha significado en Colombia la influencia del narcotráfico.

Y seguimos golpeando a los narcotraficantes donde más les duele: en sus finanzas, incautando la droga ya procesada, que tendría altísimo valor en las calles de cualquier ciudad.

No más en lo corrido de mi gobierno –desde agosto de 2010– la fuerza pública colombiana ha incautado 820 toneladas de cocaína. ¡820 toneladas!

Esto significa que, a precios de mercado en Estados Unidos, los narcotraficantes dejaron de percibir ganancias por algo más de 60 billones de pesos, equivalentes a la suma de los presupuestos de educación y defensa aquí en Colombia para este año.

Lo cierto es que el fin de los carteles generó un proceso de transformación del crimen, interno y externo. Ustedes lo han vivido también en muchos de sus países.

Interno, porque en Colombia –al descabezar las grandes mafias y carteles– el negocio se atomizó y ahora enfrentamos organizaciones criminales más pequeñas y locales, pero con los mismos procedimientos.

El crimen organizado, las mafias tienen un comportamiento muy particular y los que estaban debajo de esas cabezas aprendieron y lo aplican.

Y externo porque –infortunadamente–, por el fenómeno conocido como el “efecto globo”, nuestros logros derivaron en que el negocio se trasladara a otros países de la región que ahora sufren circunstancias similares a las que teníamos nosotros hace dos décadas.

El narcotráfico –hay que reconocerlo– pese a los avances sigue siendo el principal financiador de la violencia y del terrorismo, al tiempo que la drogadicción, que en Colombia no era un  problema, hoy sí, se consolida como un problema mundial de salud pública.

Y hay que decirlo también, rindiendo un homenaje a nuestros mártires: el éxito relativo de nuestro país, de Colombia, ha tenido un precio muy alto –¡muy alto!– que pagamos con la vida y la sangre de varios de nuestros mejores jueces, nuestros mejores periodistas, nuestros mejores policías, nuestros mejores soldados, nuestros mejores dirigentes políticos.

En el año 1961, cuando se suscribió la Convención Única de las Naciones Unidas sobre Estupefacientes, el mundo inició una guerra que hoy, 54 años después, tenemos que reconocer que no hemos ganado. Llevamos 54 años en guerra y no la hemos ganado.

Y la pregunta es: ¿Eso es lo mejor que podemos hacer? ¿Acaso el actual es el único enfoque con el que se puede hacer frente a este fenómeno?

Hemos gastado billones de dólares en una guerra con resultados importantes –sin duda– pero insuficientes; billones que deberían haberse invertido en hospitales, colegios, viviendas para los más pobres y generación de empleo…

Yo he participado en esa lucha contra las drogas buena parte de mi vida.

Como periodista, mi familia ha sido víctima de esos capos del narcotráfico.

Hemos participado en diferentes frentes. Cuando estaba Ministro de Hacienda creamos una Unidad de Inteligencia Financiera para perseguir a los capos.

Y como dijo nuestro querido Embajador de los Estados Unidos: ‘No hay país en el mundo que haya pagado una cuota más alta en la lucha contra el narcotráfico’. Es decir, una cuota más alta en esta guerra.

Y es cierto lo que él decía: año tras año, podemos decir que, bajo cualquier medida, hemos sido exitosos, porque capturamos cada vez más gente, desmantelamos cada vez más organizaciones, nuestras cárceles cada vez tienen más narcotraficantes o ‘mulas’ en sus celdas, cada vez incautamos más droga, más toneladas de cocaína.

Bajo cualquier medida podemos decir que fuimos exitosos.

Pero precisamente por eso, yo digo: después de tanto esfuerzo, a veces me siento como en una bicicleta estática, que uno pedalea, pedalea y pedalea, y hace un gran esfuerzo,  mira para la derecha, mira para la izquierda, y está en el mismo sitio.

Por eso he afirmado que necesitamos –y cuando digo “necesitamos” hablo del mundo entero– un nuevo enfoque para enfrentar el problema de las drogas.

Ese enfoque debe ser el resultado de una discusión rigurosa, basada en evidencias, no en prejuicios, liderada por expertos y –sobre todo–, despojada de prejuicios políticos e ideológicos.

Por supuesto que el problema mundial de las drogas implica el combate directo, contundente, determinante, de las organizaciones criminales que se lucran de la ilegalidad, algo que en Colombia hemos aprendido a hacer muy bien.

Pero la guerra no es un componente aislado.

¿Qué pasa con los campesinos que cultivan hoja de coca y que –más que políticas represivas– requieren políticas sociales?

Lo he dicho en varios foros, en varias instancias: ¿Cómo llega uno, como llega el Presidente de la República o cualquier alto funcionario del gobierno donde un campesino colombiano que siembra hoja de coca o marihuana, y le digo que lo voy a meter a la cárcel porque usted está sembrando marihuana, mientras que en muchos países del mundo, en varios estados de los Estados Unidos esa marihuana es legal, cada vez más tolerada?

Una política integral contra las drogas implica también la promoción de una cultura de la legalidad que nos permita superar el “todo vale”, el culto a la mafia y a la violencia que infortunadamente el narcotráfico ha estimulado en muchos países, en muchas sociedades.

Implica trabajar en la prevención del consumo y en la atención en salud a los consumidores.

E implica atacar el vínculo entre las drogas y el circuito financiero, previniendo la entrada de dinero ilícito a la economía.

Es evidente –entonces– que cuando hablamos de la guerra contra las drogas estamos dejando de lado muchos elementos para construir una política más integral, más eficaz, en contra de este flagelo.

Parte de la discusión que los expertos y los científicos deben dar es si la descriminalización o la regulación del consumo de drogas tendrían realmente efectos positivos, negativos o neutros.

Lo que necesitamos –más que una guerra– es la suma de unas medidas inteligentes, bien diseñadas, bien ejecutadas y bien centradas en la gente, que produzcan mejores resultados que los que hemos alcanzado hasta ahora.

Eso sí, he dejado claro –y es importante reiterarlo ante ustedes, representantes de todos los rincones del planeta– que Colombia no va a actuar unilateralmente.

El problema de las drogas es global y la aplicación de un nuevo enfoque para enfrentarlo debe ser fruto de un consenso igualmente global.

En mayo del 2013 la OEA nos entregó el informe sobre el problema de las drogas de las Américas, un documento promovido por Colombia y fruto de un mandato de los jefes de Estado y Gobierno de todos los países del hemisferio durante la Cumbre de las Américas realizada aquí, en Cartagena, en 2012.

En septiembre de 2014, en la Asamblea Extraordinaria sobre Drogas de la OEA en Guatemala, la región avanzó en cuatro decisiones:

Primero, se reconoció la autonomía y la necesidad de que los países de las distintas regiones puedan cambiar sus políticas públicas para el uso de drogas.

Segundo, se reconoció que el consumo de drogas es un problema de salud pública y que se deben fortalecer los tratamientos de salud para los consumidores.

Tercero, que hay que buscar alternativas a la cárcel para los delitos menores por el uso de drogas.

Y cuarto, que hay que seguir combatiendo a las cabecillas y a la delincuencia transnacional en el negocio del narcotráfico.

Por su parte, el ex secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, dio hace pocos días un excelente discurso en Ginebra en el marco de la Asamblea Mundial de la Salud.

En su discurso, Annan recordó que el principal objetivo de la Convención de las Naciones Unidas –a la que me referí antes– no era lanzar una guerra contra las drogas sino “la salud y el bienestar de la humanidad”.

Partiendo de esto, hizo tres sugerencias que resumen lo que muchos foros y expertos –incluidos los reunidos en la Asamblea de Guatemala que he mencionado– han venido diciendo: descriminalizar el uso de drogas, tratar la salud de los consumidores, y aprender a convivir con las drogas de tal forma que hagan el menor daño posible, así como hoy ocurre con el tabaco y el alcohol.

Porque un “mundo libre de drogas” simplemente, y digámonos la verdad, no es un objetivo, una ambición realista.

Es bueno constatar que hoy los espacios de discusión se han abierto a nivel nacional e internacional, y este que nos convoca hoy es precisamente uno de ellos.

Estamos, sin duda, ante una discusión importantísima, abierta, con muchos puntos de vista, que el mundo tiene que dar.

De nuestra parte, en Colombia, promovemos, aquí y en todas partes, una solución integral, que ataque todos los eslabones de la cadena del narcotráfico de forma diferenciada.

Frente a los consumidores… prevención y programas de salud pública.

Frente a los cultivos… erradicación –ojalá voluntaria– y sustitución de cultivos.

Como ustedes deben saber, recientemente decidimos suspender la aspersión aérea de los cultivos ilícitos con el herbicida glifosato, atendiendo una recomendación de la Organización Mundial de la Salud, pero, sobre todo, una sentencia de nuestra Corte Constitucional.

Éramos el único país que asperjaba el glifosato para combatir los cultivos de droga.

Esto no significa, en absoluto, que estemos bajando la guardia frente a la siembra de estos cultivos, sino un cambio de énfasis.

Lo que queremos ahora es incrementar aún más la erradicación manual y –sobre todo– poner en marcha una estrategia mucho más efectiva de sustitución de cultivos, que tenemos que reconocerlo los colombianos nunca la hemos tenido realmente, y que no solo ofrezca una alternativa productiva a los campesinos que dejen de sembrar coca, sino que garantice mejores condiciones de vida a las comunidades, con una presencia estatal más pertinente.

Hay que unir a esto el continuo esfuerzo de interdicción para combatir las organizaciones criminales –no los campesinos– que se lucran del narcotráfico, tal como lo ha hecho y lo seguirá haciendo nuestra fuerza pública.

Y queremos profundizar la cooperación internacional en áreas tan estratégicas para este negocio ilegal, como el lavado de activos o el comercio de precursores químicos, donde infortunadamente no se ha hecho lo suficiente.

Cuántas veces me he reunido con banqueros internacionales, rogándoles que por favor colaboren más en la lucha contra el lavado de activos, para descubrir las platas de los narcotraficantes que usan el mercado financiero internacional para esconderse. O cuántas veces no hemos estado reunidos con los productores de esos precursores químicos, para ver si nos ayudan a controlar mejor el comercio. Y hay que decirlo que muchas veces no hemos sido exitosos.

En fin, debemos entender –como lo he dicho alguna vez– que combatir la oferta de drogas ilícitas no es un tema de mano blanda o de mano dura, sino de mano inteligente.

¿Qué sacamos con encarcelar campesinos o consumidores? Debemos seguir atacando más bien los eslabones más fuertes de la cadena. ¡Y así por lo menos los colombianos lo seguiremos haciendo!

Y reitero: hasta tanto no haya un consenso global en torno a un nuevo enfoque de la lucha contra las drogas, nosotros mantenemos la ofensiva.

En Colombia –finalmente– la construcción de una solución conjunta e integral del problema de las drogas ilícitas está relacionada con el fin del conflicto armado, de nuestra guerra que llevamos más de 50 años.

Hace un año alcanzamos con las FARC un acuerdo sobre el tercer punto de la agenda de negociaciones, que se refiere precisamente a este tema.

Nosotros con las FARC establecimos 5 puntos, en una agenda concreta. Y yo personalmente insistí: uno de esos puntos tiene que ser el narcotráfico, ese combustible que ha alimentado permanentemente la violencia en Colombia, en la región y en el mundo.

Y se incluyó y se logró con las FARC unos acuerdos y tenemos que reconocer que es un paso histórico.

La construcción de esa solución conjunta incluye aspectos como el desminado –donde ya hay en marcha un plan piloto– y, algo fundamental, el compromiso de las FARC de poner fin a cualquier relación que hayan tenido con este fenómeno.

Si se firma la paz, lograremos que la contraparte, el adversario, que se lucra del narcotráfico, que se lucra de las drogas ilícitas, que defiende el negocio, sea ahora parte de la construcción de esa solución. ¡Y seríamos, sin duda, un modelo ante el mundo!

Imagínense ustedes, Colombia sigue siendo, a pesar de todo ese esfuerzo, a pesar de todo ese sacrificio, a pesar de todos estos éxitos, el principal  proveedor de cocaína a los mercados mundiales. Lo seguimos siendo.

Dentro de todo este proceso, las FARC siempre han estado presentes, ellos sostienen que ellos no son narcotraficantes, pero que se lucran, que financian su organización militar con el narcotráfico. Eso lo reconocen, eso es parte de la guerra.

Se ha llegado a decir que las FARC son el primer cartel del mundo. ¿Y qué es lo que hacen en la práctica, qué sucede? Que cuando nuestros soldados, nuestros policías van a erradicar, allá están los francotiradores de las FARC disparándoles como si fueran unos patos, o ponen unas minas para que vuelen en átomos los erradicadores.

He visto no sé cuántos casos, y a veces unas minas que hacen unos huecos de cinco o seis metros de profundidad.

Imagínense ustedes si en cierta forma se logra que esta organización que tiene esa dependencia del narcotráfico, en cierta forma cambia de bando y ayuda, se compromete, como se han comprometido si lo gramos finiquitar todos los puntos, a colaborar para sustituir los cultivos que ellos defienden y perseguir los corredores, los laboratorios y el negocio del narcotráfico en Colombia.

Eso sería realmente un paso histórico.

El debate –entonces, apreciados amigos– está instalado a nivel internacional y queremos seguirlo fomentando, seguirlo estimulando, sin casarnos, porque yo soy el primero en confesar: no tengo la respuesta perfecta, pero sí sé que tenemos que ser más eficaces.

Nadie quiere más muertes, más violencia, más consumo o más criminales lucrándose; pero necesitamos, como mundo, ponernos de acuerdo en cómo vamos a lograrlo.

Colombia promovió la realización de una Asamblea Especial de Naciones Unidas, dedicada al problema de las drogas, en 2016, y ese será un buen escenario para esa discusión; una discusión que puede avanzar mucho en esta Conferencia Internacional de Control de Drogas aquí en Cartagena.

Tenemos que llegar allá con argumentos, con mente abierta, y no como avestruces que ocultan su cabeza en la arena, creyendo que así conjuran el peligro, o aferrados a estrategias que no logran sus objetivos.

Enfrentamos –mi país, Colombia, y el mundo– un reto monumental.

Lo hemos asumido con compromiso y valor, pero ha llegado la hora de que –entre todos– diseñemos un enfoque más efectivo y logremos mejores resultados, unos resultados sobre todo que nos den unos resultados más humanos.

Por eso cómo les agradezco que hayan venido a nuestro país, que estén discutiendo este tema tan importante para nosotros los colombianos.

Les deseo muchos éxitos en sus deliberaciones, y una feliz estadía en esta bella ciudad de Cartagena.

Muchas gracias.