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 Palabras del Presidente de la República de Colombia, Juan Manuel Santos, ante el Foro de Oslo

 Oslo, 16 jun (SIG).

1. COLOMBIA: UNA LUZ DE ESPERANZA

Hoy en día, la mayoría de los principales conflictos que ocupan la atención internacional parecen estar lejos de alcanzar una solución diplomática.

Hay más de 20 conflictos vigentes en el mundo y en solo uno de ellos –uno– se está haciendo un esfuerzo real para terminarlo a través del diálogo: el conflicto colombiano.

Por eso estoy aquí, en Oslo: para compartir con ustedes cómo, en mi país, estamos empeñados en terminar el más largo conflicto armado del Hemisferio Occidental.

Tenemos muchos y muy difíciles retos por delante –es cierto– pero nadie puede desconocer que nuestro proceso de negociación con las FARC ofrece una luz de esperanza en un mundo ensombrecido por la guerra, la violencia y el terrorismo.

Sabemos muy bien que una solución militar en el caso de Colombia –y en muchos otros conflictos– no es la respuesta.

Hemos sufrido desde los años sesenta un conflicto armado con guerrillas, con paramilitares y capos de la droga que convirtieron nuestras zonas rurales en un territorio de crimen y atrocidades. Y todo esto nos dio la imagen de un Estado violento y fallido.

Por fortuna, ya no es así, pero seguimos atrapados en una lógica de guerra.

2. LA GUERRA NO ES UNA SOLUCIÓN

Es tiempo de reconocer que la guerra, como un mecanismo definitorio en los conflictos de la actualidad, simplemente se ha vuelto obsoleta.

La “victoria” militar ya no lleva a la paz pues en las guerras asimétricas de hoy dicha victoria siempre es un tema elusivo que desemboca en otra guerra después de la guerra.

Por otro lado, sería peligrosamente ingenuo pretender que el ejercicio de la fuerza y la capacidad de intimidar ya no son necesarios.

En Colombia cambiamos la correlación de poderío militar en nuestro favor, y esa fue una condición que nos permitió iniciar el proceso de paz.

Si no hubiéramos incrementado nuestras capacidades para reducir el poder militar de las FARC y no hubiéramos logrado los resultados positivos que obtuvimos, estoy seguro de que ellos jamás se hubieran sentado a una mesa de negociación.  

Ahora bien, si todavía enviamos soldados al combate es porque estamos en una “batalla por la paz”, como Yitzhak Rabin lo definió en un discurso memorable cuando se firmó la paz de Israel con Jordania.

Rabin también nos enseñó que algunas veces un líder debe combatir el terrorismo como si no existiera un proceso de paz, y persistir en la búsqueda de la paz como si no existiera terrorismo.

Esa ha sido mi manera de obrar, sin importar lo contradictoria y costosa que pueda parecer. Y creo, sinceramente, que es la forma más rápida de alcanzar un acuerdo.

Sin embargo –repito–, la solución no es más guerra, como muchos pretenden, y esto es particularmente cierto en el contexto colombiano.

3. APOYO GLOBAL Y REGIONAL

Otra condición para lograr una terminación exitosa del conflicto en el mundo interdependiente de hoy es el rol que las circunstancias globales o regionales puedan jugar.

Esto ha sido patente en nuestro caso.

Un cambio radical en la forma de llevar nuestra diplomacia, que condujo a un mejoramiento en nuestras relaciones con los países vecinos y con el resto de la región, facilitó el comienzo del proceso.

Nuestros vecinos, incluidos Venezuela, Cuba, Chile, y últimamente Estados Unidos, son hoy de gran importancia en nuestro proceso de paz. Noruega –lo digo con gratitud– también ha jugado un papel fundamental y positivo.

Afortunadamente, hoy no existe un solo país que no apoye la paz en Colombia. Precisamente, venimos de recibir un respaldo unánime de la cumbre de la CELAC con la Unión Europea en Bruselas.

Todos los países de América Latina, el Caribe y Europa también hicieron un llamado –con justa razón– para que logremos resultados más pronto. Y yo también quiero esto pues lo cierto es que el último año hemos avanzado muy despacio.

4. APRENDIENDO DEL PASADO

Nos preparamos bien para estas negociaciones y hemos trabajado, paralelamente, para crear el momentum necesario que nos permita terminar este conflicto de más de medio siglo.

Los antecedentes de las FARC en anteriores diálogos de paz han mostrado su tendencia a manipularlos para adquirir legitimidad nacional e internacional, más que buscar realmente un acuerdo.

Hemos aprendido de las experiencias previas para evitar repetir los errores del pasado y, en tal sentido, cada paso que hemos dado tiene una lógica y una razón.

5. ATACANDO LAS RAÍCES DEL CONFLICTO

El fracaso del Estado colombiano en garantizar su presencia en todo el territorio nacional ha sido, sin duda, una de las razones que permitieron la emergencia de insurgencias criminales.

Teniendo esto en mente, podemos decir que, en la práctica, el posconflicto ya comenzó en Colombia y que estamos atacando las raíces mismas de nuestro conflicto, que ha sido especialmente cruel y violento.

Estamos hablando de cerca de 250 mil colombianos muertos y más de 7 millones de víctimas, incluyendo un número inmenso de personas desplazadas.

Resolver un conflicto de estas dimensiones requiere trabajar en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida como nación.

El rezago de Colombia en el tema de infraestructura ha sido una desventaja notoria para el desarrollo económico y ha contribuido a la inseguridad.

Por eso estamos abordando también estos desafíos.

Por ejemplo, estamos implementando la más ambiciosa política de desarrollo de infraestructura y de construcción de vivienda jamás concebida en nuestro país.

Igualmente, hemos diseñado y estamos ejecutando políticas de modernización en agricultura, energía y tecnología.

Y estas mejoras de competitividad para el país las estamos complementando con profundas reformas sociales.

En los últimos cinco años hemos creado más puestos de trabajo y hemos sacado más personas de la pobreza y de la pobreza extrema que ningún otro país en la región.

Además, garantizamos la educación gratuita en los colegios públicos y, por primera vez, nuestro presupuesto para la educación es más grande que nuestro gasto militar.

Y tenemos un sistema de salud con cobertura universal que es uno de los más progresistas del mundo.

Lo he dicho varias veces: “en la Habana estamos silenciando las armas y en Colombia estamos construyendo la paz”.

5.1 VÍCTIMAS

Pero no solo eso… Decidimos poner a las víctimas en el centro de la solución de este conflicto. Y es la primera vez que se hace de esta manera.

Sancioné en presencia del Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki Moon, la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras que busca la reparación de las víctimas y la restitución a nuestros campesinos de millones de hectáreas de que fueron despojados por las guerrillas, los paramilitares y los narcotraficantes.

Esta histórica ley ha sido la espina dorsal del acuerdo que ya se logró con las FARC sobre Política de Desarrollo Agrario Integral.

Hay que tener en cuenta que normalmente este tipo de leyes se implementan únicamente después de que termina un conflicto.

En nuestro caso la ley está cumpliéndose ya, con un enorme costo fiscal, mientras el conflicto sigue vigente, infortunadamente.

Para mi gobierno, restituir sus tierras a los campesinos despojados y ofrecer reparaciones financieras a las víctimas y a las millones de familias desplazadas se ha convertido en otra manera de conquistar la paz.

A la fecha, ya hemos indemnizado a 500 mil víctimas, algo que no tiene precedentes en el mundo.

6.  EL CAMINO QUE SEGUIMOS

Comenzamos negociaciones secretas con la guerrilla hace ya casi 3 años y medio, y empezamos por establecer una agenda limitada que nos permitiera terminar el conflicto si logramos un acuerdo final.

Esta ha sido la primera vez en que las FARC han accedido a un procedimiento de esta índole.

El Acuerdo Marco –que se firmó aquí en Oslo hace dos años y medio– contempla cinco puntos en la agenda:

1) Política de desarrollo agrario integral;

2) Participación política;

3) El problema de las drogas ilícitas;

4) Víctimas y Justicia Transicional, y

5) El fin del conflicto (DDR).

Ya hemos alcanzado acuerdos sobre los tres primeros puntos, y hay que decir que nunca antes habíamos avanzado tanto en una negociación con las FARC. De muchas maneras, esto constituye un hito histórico.

Por ejemplo, el solo hecho de tener un acuerdo sobre el tercer punto –drogas ilícitas– es de una importancia extrema no solo para Colombia sino para el mundo, y ha generado un inmenso interés y apoyo para el proceso.

¿Por qué? Porque Colombia ha sido un centro de producción y tráfico de drogas a nivel mundial.

Hemos sido los principales exportadores de cocaína del planeta en los últimos 30 años, en tanto los cultivos de coca han destruido miles y miles de hectáreas de nuestro bosque tropical con devastadoras consecuencias para el ambiente y el cambio climático.

Países como México y las naciones centroamericanas, donde los carteles de la droga afectan cada vez más a su población, se beneficiarían del logro de la paz en Colombia.

También tendría consecuencias positivas para los Estados Unidos y todos los demás países consumidores de drogas, y para el África Occidental que se ha convertido en los últimos años en el punto de tránsito de las drogas sudamericanas en su camino a Europa.

Las FARC han jugado un papel muy importante en este capítulo. Muchos las han señalado como el cartel número uno de las drogas en el mundo.

Por eso lograr que esta guerrilla se comprometa a terminar todo vínculo con el tráfico de drogas y, en cambio, a ayudar al gobierno en programas de sustitución de cultivos ilícitos y en la destrucción de los laboratorios –localizados en lo profundo de la selva, donde fabrican la cocaína–, tendría un gran impacto.

Su maquinaria de guerra ha sido financiada por el mercado de las drogas ilícitas, y ellos han producido y estimulado esta lucrativa fuente de financiación.

No cabe duda de que es esencial erradicar este negocio perverso, y por eso consideramos indispensable tratar el tema dentro de los diálogos de paz.

7.  JUSTICIA

Actualmente estamos discutiendo de forma simultánea los dos últimos puntos de la agenda, que son los derechos de las víctimas y el DDR (desarme, desmovilización y reintegración).

Hace dos semanas acordamos la creación de una comisión de la verdad al finalizar el conflicto, y estamos comenzando a debatir el tema crucial de la justicia.

Aquí nos enfrentamos a un terreno inexplorado pues todavía no hay ejemplos de negociaciones exitosas de paz en la era del Estatuto de Roma. Somos muy conscientes de que estamos sentando un precedente.

Los expertos en justicia transicional normalmente tratan el tema de los abusos del pasado luego de que se ha alcanzado un acuerdo de paz, pero en Colombia estamos tratando de hacer las dos cosas al mismo tiempo.

De alguna manera, estamos buscando la cuadratura del círculo. Queremos honrar nuestras obligaciones internacionales, incluyendo aquellas derivadas del Estatuto de Roma, y, como es natural, también nuestras obligaciones derivadas de nuestras leyes nacionales.

Y, más importante aún, queremos asegurarnos de que la fórmula legal a la que lleguemos sea percibida por los colombianos como una fórmula justa. Esa es la base de un paz cierta y duradera.

Además, por supuesto, lograr esta fórmula exige el acuerdo de ambas partes en la mesa de negociación.

Es un tremendo y difícil desafío pero estamos convencidos de que vamos a poder cuadrar el círculo.

¿Cómo? Poniendo los derechos de las víctimas –como lo dije antes– en el centro de la negociación.

Y eso es lo que acabamos de acordar con las FARC en La Habana: construir un sistema de justicia suficientemente amplio que procure garantizar los derechos de las víctimas a la verdad, la justicia y la reparación, y al mismo tiempo nos permita alcanzar la paz.

Resulta inevitable buscar una solución intermedia entre la paz y la asunción plena de responsabilidades.

De cualquier forma, nuestro objetivo siempre será alcanzar el máximo grado de justicia que nos permita lograr la paz. Y construir un sistema que a su vez permita la mayor asunción de responsabilidad posible dentro de una transición a la paz.

Este sistema de justicia incorporará, necesariamente, tanto mecanismos judiciales como extrajudiciales diseñados para satisfacer los derechos de las víctimas. Dentro de estos mecanismos puede haber tratamientos punitivos especiales para aquellos que estén dispuestos a compensar las víctimas diciendo la verdad y participando en programas de reparación.

¿Tendremos éxito en este empeño de justicia? No lo sabemos. Pero, si lo tenemos, podremos convertirnos en un modelo sobre cómo hacer realidad la justicia en una negociación de paz.

Y hay que tener en cuenta algo por encima de todo: nada podrá ser hecho o acordado, particularmente cuando se trate de temas de justicia, sin la aprobación, por vías democráticas, de los mismos colombianos.

8.  COMPARTIENDO NUESTRA EXPERIENCIA

Finalmente, quisiera compartir con ustedes algunas experiencias personales, pues creo que este Foro se trata precisamente de eso.

A mí me advirtieron que tendría que pagar un gran costo político –como en efecto ha ocurrido–.

Me dijeron que ejercer el liderazgo en tiempos de guerra, como lo hice cuando fui Ministro de Defensa antes de ser Presidente –de hecho el haber sido el ministro más popular me llevó a la Presidencia–, es mucho más fácil que ejercer el liderazgo en un proceso de paz.

La guerra “produce una historia muy excitante, mientras que la paz es una lectura aburrida”.

La guerra en Colombia y en cualquier parte –ustedes lo saben bien– a menudo une a las naciones, en tanto la paz las divide.

Abraham Lincoln, quien aprendió esto a través de su extraordinaria vida, advertía a los políticos que “evitaran medidas de popularidad si querían lograr la paz”.

Ciertamente, he aprendido esta lección.

Muchas veces los procesos de paz se ven en dificultades por los políticos y no por los temas álgidos que se discuten en la mesa de negociación. Eso es precisamente lo que está pasando en Colombia. Es difícil de creer pero la paz también tiene muchos enemigos, muchas veces enemigos poderosos

Y permítanme compartir otra lección surgida de mi propia experiencia.

El conflicto tiende a inflar y a distorsionar el ego, y por eso debemos elevarnos sobre la inclinación natural a la confrontación.

Un líder necesita enfocarse en el objetivo político de la paz, y evitar a toda costa ser atraído por el camino más fácil de la guerra simplemente por seguir los vaivenes de la opinión.

Por eso siempre me recuerdo a mí mismo que ese fue el mandato que me dieron los colombianos cuando me reeligieron. Y lo he convertido en mi mantra.

Señoras y señores:

Todavía nos quedan inmensas dificultades por delante, y no podemos dar por sentado que llegaremos al acuerdo final. El tiempo, infortunadamente, se agota.

Sin embargo, tengo la plena confianza de que tenemos una oportunidad real de dejar este conflicto en el único lugar que le corresponde: los libros de historia.

Nuestro deber con las futuras generaciones es crear una nueva realidad.

Y deberíamos estar humildemente agradecidos por la oportunidad que nos han dado nuestros pueblos de servirles ofreciendo lo mejor de nuestras capacidades.

Yo seguiré perseverando en mi visión para Colombia: un país en paz, mejor educado y con más equidad.

Si llegamos a un acuerdo, si logramos dejar de matarnos entre nosotros después de medio siglo de guerra, el costo político en el que habré incurrido será una inversión rentable.

Si no, al menos iré a la tumba con paz en mi corazón por haber intentado hacer lo que creo que es lo correcto.

Muchas gracias.