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 Palabras del Presidente Juan Manuel Santos, en la apertura del Diálogo de Cartagena-La Cumbre Transpacífico

 Cartagena, 6 mar (SIG).

Hay momentos en la existencia cuando uno siente que la vida es generosa, pues nos permite acercarnos a nuestros sueños más queridos.

Hoy –apreciados amigos y participantes de este Diálogo de Cartagena– es para mí uno de esos momentos.

Por eso quiero agradecer, antes que nada, la iniciativa y la afortunada conjunción de intereses que tuvieron John Chipman, director del Instituto Internacional para Estudios Estratégicos, y nuestro ministro de Defensa Nacional, Juan Carlos Pinzón.

Gracias a ustedes –John y a Juan Carlos– hoy, en la bella Cartagena de Indias, que espero que haya podido apreciar, nos reunimos líderes de gobierno y del sector privado, académicos, expertos y estrategas de casi treinta países de cuatro continentes, para dar inicio al Diálogo de Cartagena: la Cumbre Transpacífico.

Y así como el Diálogo de Shangri-La, en Singapur, y el Diálogo de Manama, en Bahréin –también organizados por el IISS–, tienen reconocimiento mundial por su aporte en temas de defensa, este Diálogo de Cartagena está llamado a tener una gran importancia para la integración y la cooperación entre las dos orillas del mayor cuerpo de agua del mundo: el océano Pacífico.

Y déjenme explicarles por qué digo que esta reunión es parte del cumplimiento de un sueño.

Hace más de 20 años, 24 años para ser exacto, yo fui el primer Ministro de Comercio Exterior de Colombia y me correspondió encabezar una política de apertura a los mercados internacionales, que aún hoy seguimos ampliando y consolidando.

En mi caso, era muy consciente de la relevancia de los mercados asiáticos y de la poca importancia que hasta ese entonces les habíamos dado en nuestro país.

Por eso organicé en 1993 una misión de empresarios a varios países como Japón, Corea, China y Hong Kong, que comenzó a abrirnos los horizontes comerciales en esa parte del planeta.

Esa visita, además, nos sirvió de apoyo para el ingreso de Colombia al Consejo de Cooperación Económica del Pacífico (PECC), al que fuimos admitidos al año siguiente, en el año 1994, en la reunión general que tuvo lugar en Kuala Lumpur.

También fuimos admitidos meses más tarde en el PBEC (Consejo Económico de la Cuenca del Pacífico), aquí veo a nuestro Embajador en Estados Unidos que en esa época era nuestro presidente de los industriales (Luis Carlos Villegas) que fuimos juntos a aceptar ese ingreso al PBEC que es la parte empresarial de este cuerpo.

Hoy –cuando, como Presidente, he vuelto a encabezar la visita de empresarios y del Gobierno a países como Japón, Corea, Singapur y China– he podido constatar, con mucha satisfacción, cómo ha germinado la semilla que sembramos hace 20 años.

Integrar a Colombia con la región Asia-Pacífico –que concentra más de la mitad del PIB mundial y más de la mitad del comercio planetario– ha sido un sueño, casi una obsesión, de más de dos décadas, que hoy se refuerza a través de esta Cumbre Transpacífico.

¿Y por qué Colombia fue escogida como sede de este Diálogo, que es el primero del IISS en el Hemisferio Occidental?

Las razones son varias:

Primero, porque este centro de estudios y pensamiento es líder en temas de seguridad mundial, política y conflictos, y Colombia representa un caso muy particular en esta materia, con lecciones para compartir y un proceso de paz que está vigente y que tiene buenas perspectivas.

El conflicto palestino-israelí; el de Nigeria; el de Siria; el de Somalia; el de Yemen; el del Congo; el de Sudán del Sur; la guerra contra el llamado Estado Islámico, que afecta a países como Libia e Iraq; la difícil situación de Ucrania… entre muchas otras confrontaciones vigentes, dan cuenta de una humanidad que se debate entre extremismos y nacionalismos.

Se habla de al menos 21 conflictos en el mundo y –dentro de ellos– solo Colombia presenta un proceso de paz avanzado, con procedimientos rigurosos y acompañamiento internacional, y con un horizonte de solución real... ¡Una luz en medio de la oscuridad!

El proceso de diálogo que sostenemos en La Habana el Gobierno nacional y la guerrilla de las FARC –para poner fin a un conflicto de más de medio siglo– tiene, además, características especiales.

Colombia es tal vez el primer país del planeta en asumir un proceso de esta naturaleza durante la vigencia del Estatuto de Roma, lo que nos convertirá en un modelo, en un precedente, para otros casos en que se busque privilegiar el diálogo sobre la solución armada.

El nuestro es un proceso centrado en las víctimas, donde buscamos –a través de la aplicación de la justicia transicional– garantizar sus derechos y al mismo tiempo alcanzar la paz.

Lo decía John (Chipman) ahora, ¿qué estamos buscando? El máximo de justicia que nos permita la paz.

No es fácil encontrar ese punto de equilibrio, dónde traza uno la línea entre justicia y paz. Las víctimas usualmente quieren más justicia, con razón. Las futuras víctimas quieren más paz, con razón, no quieren ser más víctimas.

Pero ha sucedido un fenómeno muy especial. Por primera vez también nos propusimos que las víctimas fueran a La Habana y confrontaran a los dos equipos negociadores y expresaran sus expectativas, sus preocupaciones, su dolor con una pregunta muy de sentido común o una tesis muy de sentido común, si queremos que las víctimas estén en el centro de la solución del conflicto por primera vez y queremos respetar sus derechos, quién mejor que las propias víctimas para que nos digan cómo piensan ellas que sus derechos pueden ser respetados.

Y lo lindo, para mí sorpresivo, una lección de que la condición humana no es tan mala fue que las víctimas regresaron de esa experiencia, muchas veces traumática, imagínense ustedes una víctima que se enfrenta con el victimario que mató a su hija, a su familia, a sus padres.

La mayoría de esas víctimas regresaron con más capacidad de perdonar, de reconciliarse que el promedio de la población colombiana.

Eso, les confieso, que me llenó a mí de entusiasmo para perseverar en la búsqueda de esa paz.

Hay que reconocer –además– que hemos llegado a este proceso gracias a una labor continuada de fortalecimiento y profesionalización de nuestras Fuerzas Militares y de Policía que redundó en éxitos operacionales y en el debilitamiento de la guerrilla.

Dicho en otras palabras: la contundencia de nuestras Fuerzas Armadas es la que ha permitido la existencia de la mesa de diálogo en donde hoy buscamos la paz.

Si todo sale bien –en ese escenario de conflictos alrededor del planeta que mencioné antes–, Colombia puede ser pronto la portadora de una gran noticia: la del fin del último y más viejo conflicto armado de todo el hemisferio Occidental.

Pero la seguridad hoy –ustedes lo saben mejor que nadie– es mucho más que la superación de un conflicto armado o que la disminución de los índices criminales.

La seguridad es –como lo decían los antiguos romanos cuando se inventaron el concepto de república– la primera ley de todas, aquella sin la cual las demás leyes se vuelven inocuas pues no se pueden aplicar.

La seguridad es la condición necesaria para el ejercicio de los derechos, y se potencia a su vez cuando esos derechos son respetados.

Por eso esta Cumbre Transpacífica hablará de seguridad y de conflictos –como los que llegaron a su fin en Filipinas, en Indonesia– pero también de comercio, de inversión, de desarrollo social, porque todo esto entra en el concepto integral de la seguridad en los tiempos modernos, con una visión geopolítica.

Esto nos lleva a la segunda razón que explica la elección de Cartagena como sede de este Diálogo.

Nuestro país, en los últimos años, ha mostrado un desempeño económico y social que sobresale en la región, y aún a nivel mundial.

Nuestra economía viene creciendo a una tasa promedio cercana al 5 por ciento, tenemos niveles récord de inversión extranjera y de inversión como porcentaje del PIB, hemos logrado controlar la inflación y, además, hemos creado más empleos –como proporción de la población económicamente activa– que cualquier otro país de la región.

También venimos librando una importante batalla en la reducción de la pobreza y la desigualdad, somos un país con unas desigualdades vergonzosas, gracias a la cual 3 millones 600 mil colombianos han salido de la pobreza –lo que significa una disminución de casi 10 puntos porcentuales– y 2 millones de colombianos han salido de la pobreza extrema, en estos últimos 4 años.

El avance ha sido tal que nos hemos propuesto erradicar totalmente la pobreza en una década, para el año 2025.

¿Y cómo hemos logrado todo esto?

Antes que nada, propiciando las condiciones de seguridad que han atraído la inversión extranjera y fortalecido la inversión nacional, lo que se refleja en más puestos de trabajo.

Hemos mantenido políticas económicas y fiscales responsables; priorizamos la inversión social, y dinamizamos la demanda interna mediante el impulso de sectores como la vivienda y la infraestructura.

También debemos los buenos resultados a una adecuada inserción en el comercio global que tiene a los productos colombianos con acceso preferencial hoy a un mercado de casi 1.500 millones de consumidores en Estados Unidos, Canadá, casi toda América Latina, la Unión Europea, los países del EFTA y, muy próximamente, Corea del Sur.

Ese proceso que iniciamos a comienzos de los noventa está dando hoy sus frutos, y uno de ellos –quizás el más promisorio– es la Alianza del Pacífico.

Colombia –junto con México, Perú y Chile– es promotor y miembro fundador de esta Alianza, y esta es la tercera razón que justifica la realización de esta Cumbre en nuestro país. (…)

Una de las preguntas más importantes que se buscará responder en este foro es: cuál es el horizonte de cooperación y trabajo conjunto entre la Alianza del Pacífico y toda la región Asia-Pacífico aquí representada.

Y la respuesta es sin duda, es inmenso.

Los cuatro países de la Alianza representan el 40 por ciento del PIB de América Latina, y sus economías –sumadas– equivalen a la octava economía del mundo, por encima de la India, Brasil.

Nuestra integración –además– va más allá de un simple acuerdo de libre comercio; se trata de una integración profunda que busca lograr la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas.

Hablamos, entonces, de la más dinámica plataforma económica y comercial de América Latina, proyectada al mundo, y en particular al Asia-Pacífico.

La Alianza ha servido –por ejemplo– para que nuestros países abran oficinas diplomáticas o comerciales conjuntas en diversos países de Asia.

Ya como grupo, se ha surtido una primera reunión entre el Consejo de Ministros de la Alianza y los Cancilleres de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, para evaluar potenciales áreas de cooperación.

Así que no cabe duda: el campo de trabajo y de crecimiento entre la Alianza del Pacífico y toda la región Asia-Pacífico es un gran motivo para debatir y proponer en este Diálogo.

Colombia, por su parte –con la Alianza, y también en forma individual– está decidida a volcarse al Pacífico, porque sabemos que hace rato dejó de ser un mar de posibilidades futuras para convertirse en un océano de oportunidades presentes.

En los últimos dos años hemos reabierto nuestra embajada en Tailandia y abierto consulados en Auckland y Shanghái; también abrimos embajadas compartidas con miembros de la Alianza en Singapur y Vietnam.

Si bien venimos participando desde hace tiempo en los Grupos de Trabajo de la APEC, Colombia es el único país de la Alianza que no es miembro pleno de este foro.

Si se levanta la moratoria que existe para el ingreso de nuevos miembros, estamos entre los primeros de la lista de espera, y hago votos por que el año entrante –cuando se reúnan en Perú– se abra esta posibilidad, para que nadie de la Alianza se quede por fuera de este foro.

A nivel comercial, nuestro país tiene acuerdos vigentes de promoción y protección de inversiones con China e India, y ya firmados con Corea del Sur, Japón y Singapur.

También con Corea tenemos nuestro primer tratado de libre comercio con un país del Asia, ya aprobado por el Congreso y falta solamente el visto bueno de nuestra Corte Constitucional, que espero se dé muy pronto.

Con Japón, por su parte, estamos avanzando en un Acuerdo de Asociación Económica. Hoy mismo concluyó, en Bogotá, su décima ronda de negociaciones.

En el futuro, nuestro principal reto en materia comercial es lograr diversificar nuestra oferta exportadora en Asia en sectores como la agricultura y la agroindustria.

Colombia ha sido señalada por la FAO como uno de los países con mayor potencial de extensión de tierras para aumentar la producción de alimentos en el mundo, y eso es crucial para una región que los demanda cada vez más, como Asia-Pacífico.

Colombia es también rica en biodiversidad y trabajamos –a nivel interno e internacional– por combatir los efectos del cambio climático.

Promovimos en la Cumbre de Río+20 la iniciativa de establecer unos Objetivos de Desarrollo Sostenible y somos el primer país del planeta que los ha incorporado en su plan de desarrollo, al igual que una estrategia de “crecimiento verde”.

También el cambio climático es la mayor amenaza que enfrenta la humanidad, y Colombia –el país más biodiverso del mundo por kilómetro cuadrado es, por lo mismo, uno de los más vulnerables frente a este fenómeno– y por eso estamos decididos a aportar positivamente a todos los esfuerzos para enfrentarlo.

De manera queridos amigos:

La agenda de trabajo de esta Cumbre pasa por temas estratégicos como la seguridad y la defensa, pero incluye otros como comercio, inversión, cooperación y bienestar social.

Porque todos estos aspectos conforman esa seguridad integral, ampliada, que hace parte de los objetivos del Instituto Internacional para Estudios Estratégicos y de Colombia, como país anfitrión de este Diálogo de Cartagena.

Hace más de 60 años –en 1951– Colombia fue el único país de América Latina que envió tropas de combate a la Guerra de Corea, respondiendo al llamado de las Naciones Unidas.

Más de 130 soldados colombianos perdieron sus vidas en la península coreana, y casi 450 resultaron heridos.

¿Por qué?, nos preguntamos… ¿Por qué morir tan lejos del suelo patrio?... Porque hay causas que superan las fronteras, como la libertad y la democracia.

Desde entonces, Colombia ha estado comprometida y dedicada al esfuerzo transpacífico, y hoy me siento orgulloso –muy orgulloso– al ver celebrarse en nuestro país esta cumbre que nos reafirma como punto de contacto entre América Latina y Asia-Pacífico.

Porque queremos crecer juntos y progresar juntos.

Porque queremos forjar una humanidad en paz.

Porque queremos preservar el legado de la tierra y de sus mares.

Porque sabemos que –unidos– los países del Asia-Pacífico con los países de América-Pacífico tenemos la posibilidad de hacer la diferencia.

Con inmensa emoción –como quien se acerca a un sueño de más de 20 años– hoy les digo:

¡Bienvenidos a este Diálogo de Cartagena!

¡Bienvenidos a la Cumbre Transpacífico!