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 Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en la celebración de los 20 años del periódico El Meridiano de Córdoba

 Montería, 7 mar (SIG).

Puedo imaginar la alegría y el orgullo que deben sentir hoy todos los que hacen parte de El Meridiano de Córdoba.

Yo hice parte de una familia que se forjó entre el olor de la tinta y la adrenalina de las noticias y comprendo el gozo de celebrar –año a año– la continuidad de un periódico.

Pocos se imaginan –los lectores lo saben– el trabajo tan dispendioso que hay detrás de cada edición diaria de un periódico, la cantidad de gente que tiene que trabajar, la cantidad de gente que se preocupa para que salga todos los días un buen producto, un producto que está sometido –todos los días también– al mayor escrutinio, que es el de la opinión pública que sus lectores.

Todos los días hay un plebiscito sobre el periódico y si lo compran al otro día es porque les gustó el producto.

Aquí también los Salleg Taboada han dedicado buena parte de sus vidas a El Meridiano.

William, María Victoria, Julio y Enrique no solo acompañaron a sus padres en la fundación de este proyecto periodístico, sino que heredaron su determinación de mantenerlo vivo por décadas y hacerlo crecer.

Puedo intuir la nostalgia que desde ya debe sentir William –se le notó la forma como se expresaba con tanto corazón–, quien ha sido director del periódico durante 20 años y ahora se convertirá en Director Emérito.

Lo digo con conocimiento de causa: Hace poco –en los Premios del Círculo de Periodistas de Bogotá– recordaba cómo a mi padre le costó dejar el oficio. Ejerció con pasión el periodismo durante más de 60 años y se retiró de El Tiempo como el empleado más antiguo.

En el caso de William Salleg, hoy da un paso al costado para permitir un relevo generacional, y que su hijo William Antonio asuma este enorme reto, no solo como Director del diario sino como Presidente del “Grupo de Comunicaciones Meridiano”.

El desafío es grande: impulsar el crecimiento de un grupo conformado por cinco periódicos, además de consolidar una plataforma web de contenidos noticiosos para la región. Es un reto importante.

De manera que les deseo mucho éxito en esta etapa, no solo a los Salleg sino a toda la “familia” de periodistas, a los operarios, al personal administrativo que trabaja a diario por informar a Córdoba, Sucre, el Bajo Cauca y el Urabá antioqueño.

Muchas felicitaciones a todos los trabajadores.

La vara que han puesto hasta ahora es bastante alta y de eso hay suficiente evidencia en los muchos reconocimientos recibidos, entre los que se cuentan tres premios Simón Bolívar.

Quiero precisamente referirme al último Simón Bolívar que ganaron, en la categoría de Premio Especial del Jurado, por el informe titulado “La ruta del despojo”, sobre el proceso de restitución de tierras.

Permítanme leer lo que dijo el jurado sobre ese trabajo periodístico, de autoría de Ginna Piedad Morelo:

Cito:

“El análisis de Urabá y Córdoba RECONOCE LOS ESFUERZOS DEL GOBIERNO, PERO SIN HACER ECO INGENUO A LA PROPAGANDA OFICIAL y muestra cómo en muchos casos no se logra la restitución real a los campesinos, que ahora tienen título pero no se atreven a volver a sus tierras.

La periodista oye a campesinos y altos funcionarios públicos para tratar de dar una visión que integre distintas perspectivas”.

Hasta ahí la cita.

Yo no puedo menos que felicitar Y AGRADECER estos esfuerzos periodísticos objetivos, ponderados, porque así se hace el mejor periodismo y se informa bien a las regiones.

Yo –en mi doble condición de Presidente y periodista– soy el principal defensor del periodismo independiente y crítico.

Porque así debe ser el periodismo: CRÍTICO. Me enseñaron que la mejor definición del periodismo, del periodista es el de ser perro guardián de la sociedad.

Si todo va bien, el perro bien si acaso bate la cola. Si ve algo malo o sospechoso gruñe, ladra o muerde. Por eso muchas veces los funcionarios no entendemos la crítica del periodismo.

Pero esa es su función y así es como mejor contribuyen al desarrollo de un país.

Porque así debe ser el periodismo: Critico. Sin que esto signifique que no pueda y deba ser propositivo y constructivo, porque también tiene que serlo.

Y qué mejor que ese periodismo de calidad –crítico, ponderado, verificado y esclarecedor– se haga desde las regiones. En un país de regiones como el nuestro, como Colombia.

Está muy bien que El Meridiano, por ejemplo, muestre las luces y las sombras del programa de restitución de tierras o cualquier otra actividad oficial. Eso es lo que esperamos de un periodismo serio.

Pero también está bien que se destaque –para citar algo reciente– la inauguración antes de ayer del nuevo Puente de Gambote sobre el Canal del Dique que agiliza la conectividad entre Bolívar, Atlántico, Córdoba y Sucre.

O que se cubra el Consejo regional de Ministros que ahora mismo, cuando salgamos de acá, voy a presidir en esta querida ciudad de Montería.

O que se reconozca que en los últimos cuatro años hemos invertido en esta región Caribe ¡72 billones de pesos!

Nunca antes –lo digo con inmenso orgullo, orgullo y amistad–, nunca antes ningún Gobierno había invertido tantos recursos en la Costa Caribe colombiana como nuestro Gobierno.

Así –con ese balance entre denuncia y propuesta, entre crítica e información– ustedes, amigos de El Meridiano, le hacen un inmenso favor a la opinión pública local y a la democracia colombiana.

Los intereses informativos de quienes habitan esta zona –ustedes lo saben muy bien– no son los mismos de quienes viven en las grandes capitales, en Bogotá.

Por eso ustedes son los llamados a “formar opinión” de acuerdo a las realidades propias de la región.

Y en ese sentido, leí en su página que son cuatro los “principios filosóficos” que orientan su actividad empresarial y periodística: interés regional, beneficio social, expresión comunitaria y calidad periodística.

Buenos principios, buenas brújulas para mantener el periodismo en alto.

Hoy no solo debemos felicitarlos sino agradecerles por esos principios y por la labor hecha hasta ahora.

Gracias por aportar a una región mejor informada, en Córdoba, en Sucre, en el Bajo Cauca y en el Urabá antioqueño.

Gracias también por contribuir a la paz de Colombia, a través de sus páginas de buen periodismo.

Y usted preguntaba, William, a manera de contribución, no sabemos para dónde va bien este proceso pero lo apoyamos, porque la paz es el valor supremo de una sociedad.

Voy –y con eso termino– a explicarles brevemente para dónde vamos. Porque en la medida en que sepamos para dónde vamos, vamos a entender mejor el proceso que está en marcha.

Yo aprendí a navegar aquí en esta bella Costa Caribe, en la Escuela Naval de Cadetes, y me enseñaron que para navegar bien hay que tener un puerto de destino.

Y cuando uno tiene un puerto de destino –y eso es aplicable a la navegación, a la vida, a las empresas y a los países–, cuando uno tiene un puerto de destino bien definido, no importa los vientos. Uno llega allá. Así sea un camino difícil.

Pues ese puerto de destino la paz no se me ocurrió a mí el 7 de agosto del año 2010 en el discurso de posesión. Eso lo vengo pensando hace muchísimos años, cerca de 25 años.

He estado estudiando procesos de paz en Colombia, procesos de paz en otras latitudes. Cuáles fracasaron, cuáles tuvieron éxito. Por qué se hizo tal cosa, por qué se hizo tal otra o por qué no se hizo.

Cuando tomamos la decisión de iniciar el proceso, fue que ya se habían cumplido una serie de condiciones que eran necesarias para que un proceso fuera exitoso.

Una de ellas, que las Fuerzas Militares y de Policía tuvieran esa correlación de fuerzas, superioridad. Y eso lo hemos venido construyendo desde la época en que fuimos Ministros de Hacienda, comienzos del siglo.

Y esa correlación de fuerzas es a favor de nuestra Fuerzas, hoy, en forma clara y contundente. Y gracias a nuestras Fuerzas Militares y nuestra Policía tenemos hoy esa posibilidad de paz.

La otra condición que era necesaria era que los que manejan, las cabezas de la guerrilla, entendieran que para ellos es un mejor negocio hacer la paz que continuar la guerra.

Si esa condición no se presentaba, muy difícil convencerlos de una verdadera paz.

Y por eso a partir de 2006, cuando el Presidente Uribe me designó Ministro de Defensa, pusimos como objetivo llegarle a la cúpula, que hasta ese momento había sido intocable.

Se ufanaban, además. “Las Fuerzas Militares del Estado colombiano no es capaz de tocarnos ni con el pétalo de una rosa”. Lo decían con soberbia y con orgullo.

Pues bien, hicimos unos cambios en la inteligencia en la forma de operar, y comenzaron a caer uno detrás de otro.

En mi Gobierno llevamos 50 cabecillas de las Farc. ¡50! Entre ellos el número uno y el número dos.

O sea que esa segunda condición se cumplió.

Y la tercera condición era la comunidad internacional, en un mundo cada vez más pequeño, más globalizado, más interdependiente, la comunidad internacional juega un papel cada vez más importante. Y era muy importante conseguir el apoyo de toda la comunidad internacional.

Y fue una de las razones por las cuales hicimos un cambio de 180 grados el día, prácticamente, de mi posesión, frente a nuestros vecinos, con quienes estábamos prácticamente en guerra.

No teníamos relaciones diplomáticas, no teníamos comercio alguno, nos insultábamos todos los días por los medios de comunicación. Inclusive movimientos de tanques hacia las fronteras se veían cada semana o cada mes.

Pues por eso decidí yo cambiar eso 180 grados. Y eso cambió radicalmente el ambiente internacional frente a la posibilidad de un proceso de paz

Voy a contarles un anécdota para ilustrar la importancia, William Antonio –y veo que usted tiene ese sentido del humor–, la importancia del humor en las relaciones entre pareja, entre amigos, entre empresas o entre países.

Resulta que yo con (Hugo) Chávez no hacíamos otra cosa que insultarnos. Y llevábamos años insultándonos. Nos decíamos hasta de qué nos íbamos a morir.

Yo elegido como Presidente, de Presidente electo, decía esto hay que cambiarlo. Si quiero la paz en este país, quiero que este país salga adelante, tengo que ver cómo normalizamos las relaciones con Venezuela.

Y a través del Presidente (de Argentina, Néstor) Kirchner, que en paz descanse, me preguntó que si yo estaría dispuesto a hacer un acercamiento con Chávez. Y le dije que sí.

A la media hora me llamó y me dijo el Presidente Chávez va a su posesión.

Yo le dije no, no. No tanto. No tanto pero que lo invito tres días después a un sitio que a él le va a interesar mucho, que es el lugar donde murió Bolívar: la Quinta de San Pedro Alejandrino, en Santa Marta.

Pues a los 5 minutos respondió que sí, que iría.

Y llegó con su séquito: tres aviones, carros por todos lados.

Y yo estaba en la Quinta San Pedro Alejandrino con la Canciller (María Ángela Holguín).

Y la Canciller se acuerda. ¿Y cómo va a hacer usted para romper el hielo? Después de tantos insultos, después de diez años que llevábamos enfrentados.

Y yo estaba como medio pensando, cuando de pronto veo en la pantalla de televisión que Chávez llegó y le hizo una declaración a la prensa. Le dijo, palabras más, palabras menos:

Aquí vengo con la bandera de la paz. Aquí vengo con la bandera de la paz para cerrar un capítulo negro en la relaciones entre Colombia y Venezuela. Y a abrir un nuevo capítulo. Y vengo en un día muy especial, el día del cumpleaños del Presidente Santos –yo cumplo el 10 de agosto– y vengo a celebrarle sus 48 años.

Entonces vi eso y me acordé de un consejo que Winston Churchill daba; que cuando está uno en una situación muy difícil, aplique el humor.

Entonces llegó Chávez con su caravana, se salió del carro y me fue a abrazar.

Y yo, muy cachaco, le estiré la mano.

Entonces le dije: Presidente Chávez, esto comenzó muy mal.

Chávez quedó como estupefacto.

Dijo ¿qué pasó, Presidente Santos, por qué me dice eso?

Y le dije: Usted dio unas declaraciones que me ponen en serios problemas.

Y me dijo ¿qué dije? Si lo único que dije fue que aquí venía con la bandera de la paz a celebrarle su cumpleaños.

Pues precisamente eso. Usted dijo que yo cumplía 48 años y yo cumplo 58, y mi señora me va a exigir mucho más.

Entonces se rompió el hielo y desde ese momento hasta el día en que se murió teníamos unas reglas de juego clarísimas.

Somos como el agua y el aceite, somos muy diferentes, pensamos muy diferente. No estamos de acuerdo en nada frente al desarrollo económico, frente a la forma de gobernar.

Pero vamos a dirimir las diferencias en privado, por las vías diplomáticas; no insultándonos a través de la prensa. Y vamos a trabajar juntos en lo que podamos trabajar.

Y tengo que reconocer que Chávez me apoyó muchísimo, me apoyó muchísimo en el inicio del proceso de paz.

Un inicio que se hizo muy pensado. Cada paso que hemos dado, cada avance que hemos tenido ha sido analizado por expertos internacionales que identificamos desde el comienzo, que han tenido experiencia real en procesos de esta naturaleza.

La parte secreta. Luego cuando se hizo público, la agenda de los cinco puntos. Eso es lo que estamos negociando. No estamos negociando nada más. De esos cinco puntos ya llevamos tres.

Tres puntos que el país conoce exactamente lo que se negoció. Los textos los publicamos. Y faltan los otros dos puntos lo que llaman víctimas y justicia transicional, y el DDR. ¿Qué es el DDR? La desmovilización, el desarme y la reintegración.

Por primera vez una parte del éxito de este proceso, hasta este momento, ha sido que hemos mantenido a las Fuerzas Militares y de Policía totalmente informadas desde el primer día, desde que inició el proceso en la parte secreta.

Y las hemos venido incorporando al proceso para que ellas, que son corresponsables de esta paz, estén perfectamente alineadas, conscientes de todo lo que estamos haciendo.

Por eso pusimos dos generales como plenipotenciarios. Dos generales del mayor prestigio: el general (Óscar) Naranjo, de la Policía; el general (Jorge Enrique) Mora del Ejército.

Y por eso mismo ayer estuvieron, ayer y antes de ayer, cinco generales de la República y un almirante, sentados conversando, dialogando, discutiendo la forma de ponerle fin al conflicto.

Que algunos dicen que eso es un horror, porque cómo va uno a poner a unos militares a dialogar con sus enemigos.

Pues es que así se han terminado todas las guerras. Todas las guerras terminan en una mesa de negociación entre quienes han combatido.

Eso, en lugar de denigrarnos, nos enaltece a nuestras Fuerzas Militares. Y así lo han entendido y comprendido nuestros oficiales, nuestras Fuerzas.

Y qué orgullo me da decir que el informe que me dieron de esa primera reunión, me dijeron mire, los militares de Colombia qué conocimiento, qué contundencia en sus posiciones frente al inicio del fin del conflicto, a esa discusión.

Y son ellos los que saben cómo es la mejor forma de desmovilizarse, cómo es la forma de entregar las armas, cómo es la mejor forma de reintegrarse. Por eso están allá.

Y creo que es un paso importantísimo en este proceso.

Y tengan la seguridad, William, que usted preguntaba qué tipo de negociación vamos a hacer.

Yo lo dije desde un principio: Hay unas líneas rojas que están ahí y que nunca se van a traspasar.

Aquí no estamos negociando el modelo económico, ni la propiedad privada, ni las políticas del gobierno, ni las políticas del Estado, ni nuestra justicia, ni nuestras instituciones democráticas, nada de eso ha estado. Ni nuestras Fuerzas Armadas. No hemos permitido

Aunque, por supuesto, tiene todo el derecho la contraparte de proponer puntos en la mesa. Pero siempre decimos: nos ceñimos a esos cinco puntos. Y esos son los cinco puntos que estamos negociando, nada más.

De manera que sabemos perfectamente para dónde vamos. Tenemos ese puerto de destino muy bien delineado.

¿Que es difícil llegar a él? Sí.

¿Que vamos a tener más tormentas? Posiblemente, porque estamos en el momento más difícil.

Pero tengan ustedes la seguridad de que vamos a llegar a buen puerto. Y eso va a cambiar la historia de Córdoba y la historia de Colombia.

Porque como usted decía, como usted mismo decía: a veces parece que Colombia se acostumbró a vivir en guerra. Y es en parte cierto.

Muchas veces le pregunta uno a muchas personas: bueno, la paz. Es que la paz, no sé, este cambio es como tan difícil de entender.

Imagínense lo que sucede a una sociedad que, en lugar de abrazar la paz, de pronto tenga dudas de llegar a la paz. Es una sociedad que se acostumbró a vivir en guerra.

Y eso es lo que tenemos que, todos juntos, y los medios de comunicación, El Meridiano, y por eso les agradezco de todo corazón que este apoyo pueden contribuir enormemente.

De manera que muchos éxitos en estos próximos 20, 40, 60 años.

Usted decía que a finales del siglo pasado usted soñaba con un periódico.

Mi abuelo a finales del siglo antepasado, soñó con un periódico. Y lo fundó, se llamaba La Linterna, en Boyacá, regional. Se convirtió en El Tiempo. Y duró 100 años ese periódico en manos de la familia. Espero que el Meridiano dure más de 100 años.

Muchas gracias.