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 Palabras del Presidente Juan Manuel Santos, en el Seminario de Literatura China- Colombia

 Bogotá, 22 may (SIG).

Uno de los discursos más lindos, más hermosos que yo haya leído discursos en Nobel fue el que se pronunció en Estocolmo el 7 de diciembre del 2012 y lo pronunció uno de nuestros invitados del día de hoy, Mo Yan.

Y digo que es uno de los más hermosos porque Mo Yan –con una prosa tan sencilla como profunda– se reconoció ante el mundo como un cuentacuentos y, a través de la figura de su madre, nos dejó en su discurso varias cosas para pensar.

Una anécdota me impactó especialmente… Cuenta Mo Yan que –siendo él niño– su madre fue injustamente abofeteada por un guardia de un campo de trigo, por el simple hecho de haber recogido unas espigas caídas en el piso.

Cuando años después encontraron al mismo guardia, ya hecho un anciano, Mo Yan quiso ir a pegarle, pero su madre lo detuvo diciéndole: “Hijo, aquel señor que me pegó y este señor mayor no son el mismo”.

¡Cuánta verdad! Los hombres cambiamos, las circunstancias cambian, el tiempo nos cubre de canas y de arrugas, y somos muchas personas en una sola vida.

Pretender la venganza como único medio de reparación puede ser un gran error para una persona o para una sociedad.

Esa es una importante lección para países que, como Colombia, transitan la ruta hacia la paz y la reconciliación.

Y mire querido amigo Primer Ministro (Le Keqiang), lo que ha sucedido las últimas 24 horas.

Mientras usted aterrizaba en Colombia, se hacía una operación militar, donde murieron 26 guerrilleros.

Esta mañana junto con todos los comandantes de mis Fuerzas, Ejército, Armada, Fuerza Aérea, Policía, Ministro de Defensa (Juan Carlos Pinzón), informé al país sobre esta operación legítima.

Nuestras Fuerzas Armadas están cumpliendo con su deber y con las órdenes.

Pero decía que ya la guerrilla (Farc) debía estar pensando en vengarse, como tomar represalias.

Y decía, que esta guerra que llevamos 50 años librando -nos hemos acostumbrado a la guerra- nos ha metido en un espiral.

Los niños nuestros crecen en guerra que genera violencia, que genera odio, que genera venganza, genera polarización.

Y que el gran esfuerzo por lograr la paz también tiene que estar en nuestros propios corazones, en cambiar ese espiral por uno de paz, armonía, perdón, reconciliación y unidad.

A los 10 minutos de haber yo pronunciado esas palabras, la guerrilla (Farc)  salió – precisamente - a decir que suspendían su cese al fuego, enviaban ofensivas militares como un acto de represaría.

Por supuesto que estaremos preparados para eso, pero  insistiremos en buscar esa paz, esa paz que el país necesita y que en nuestros corazones, y ahí los hombres de las letras tiene mucho que aportar.

Porque es a través de las letras como podemos cambiar las actitudes y lo que está en nuestros corazones.

Decía también Mo Yan –en su discurso– que en el proceso de creación del distrito Dongbei de Gaomi en sus obras, William Faulkner y García Márquez lo habían inspirado mucho.

Pues bien: apreciado Mo Yan; escritores e intelectuales de China que nos acompañan, y señor Primer Ministro:

Bienvenidos a la tierra de García Márquez, bienvenidos al territorio de Macondo, donde lo real se hace mágico y lo mágico real, donde la vida florece en medio de las dificultades, y donde nunca –nunca– renunciamos a soñar.

Para Colombia, un país que admira la civilización y la cultura chinas, es un orgullo tenerlos con nosotros, dialogando con nuestros novelistas, poetas, cineastas y críticos.

China ha sido siempre –para los colombianos– una nación inmensa que nos evoca leyendas de poderosas dinastías, pero también la pujanza y la imaginación de un pueblo que ha dejado los más grandes legados a la humanidad.

Y hay que decir que el papel y la imprenta –los maravillosos inventos que dieron origen a los libros– son parte de ese legado.

Nombres como Confucio, como Lao Tsé, son para nosotros sinónimo de sabiduría y de precisión en el uso de la palabra.

Quiero contarles una anécdota, precisamente con nuestro maestro García Márquez.

Tuve el honor de ser amigo de él mucho tiempo, y hace muchos años, en los años 70, él tenía un pequeño apartamento en una ciudad del Caribe, Cartagena, donde espero que ustedes algún día puedan ir que es una de las ciudades más bellas de Colombia.

Me había invitado a almorzar y llegué al apartamento y estaba García Márquez furioso, daba vueltas por el apartamento, un apartamento muy pequeño.

Y le pregunté ¿Gabo qué le pasa? Y me dijo: ‘estoy buscando una palabra, una palabra que describe un juego de unos niños que botan una moneda hacía una pared y el que quede más cerca de la pared se gana las moneda. Y no he podido encontrar y llevo 24 horas buscándolo y no la he podido encontrar’.

Le dije: bueno, cálmese y nos vamos a almorzar.

Fuimos a almorzar a un restaurante italiano que quedaba ahí cerca, donde hay estas máquinas que convierten el trigo en raviolis y en espaguetis, muy agradable y me dio una verdadera lección de lo que él llamaba ‘la carpintería de la literatura’, que tiene que ver precisamente con la precisión de las palabras.

Y recuerdo muy bien que me decía: ‘fíjese la sencillez y la precisión de los chinos’.

Y esa lección a mí me causó una profunda sensación, me permitió y yo lo digo en repetidas ocasiones, me enseñó a volver a leer, a apreciar la precisión y el uso de las palabras.

Lo digo porque ustedes son unos maestros y lo decía el propio García Márquez en ese uso preciso de las palabras.

Muchos hemos encontrado en El Arte de la Guerra de Sun Tzu la guía, no solo para entender los conflictos, sino también la naturaleza humana.

Otros, en el I Ching, han procurado conocer el sentido de sus acciones e incluso atisbar por la ventana incierta del futuro.

Y no hay que olvidar que el recordado poeta colombiano Guillermo Valencia tradujo del francés e incorporó a la poesía nacional –en su libro Catay– algunos de los más delicados versos de la literatura china.

Porque eso hay –antes que nada– en la escritura de este país: delicadeza, sutileza… la simplicidad de lo que realmente importa.

Gracias, muchas gracias, por traer estas palabras, estas ideas –que vienen de la más antigua tradición y son tan refrescantes como aire nuevo– a Colombia.

Hoy nuestros países se abrazan en un lazo de amistad y admiración recíproca.

Termino recordando un proverbio –uno de muchos– de esta gran nación:

“Siempre que haya en este mundo amigos íntimos, estarán tan cerca como simples vecinos aunque se encuentren en los rincones más remotos”.

Muchas gracias