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 Declaración del Presidente Juan Manuel Santos en el lanzamiento de la Cátedra para la Paz

 

Bogotá, 25 may (SIG).

En los últimos años se ha venido repitiendo un mismo titular en los medios de comunicación: “En Colombia, las riñas dejan más muertos que la guerra”… Increíble, pero cierto.

La violencia no es ajena al diario vivir de los colombianos, y es por eso que debemos trabajar en diferentes sectores de la sociedad –no solo en La Habana– para ser una nación más tolerante, para que nuestras discusiones NO las resolvamos con agresiones.

Ser el país mejor educado de América Latina –como nos lo hemos propuesto en tan solo una década– significa también que seamos un país más pacífico y más tolerante.

Hoy damos un paso adelante en ese propósito, con la firma del decreto que reglamenta la ley de la “Cátedra de la Paz”.

En virtud de este decreto, colegios y universidades del país comenzarán a impartir esta Cátedra en los próximos meses.

La idea es que nuestros niños y jóvenes aprendan principios, valores básicos en asuntos como la reconciliación, la solución amigable de problemas y temas muy importantes como el respeto por los derechos humanos.

Si llevamos más de 50 años en guerra, no cabe duda de que llegó el momento de educar para la paz, de formar para la paz y de enseñar a vivir en paz… y ahí la comunidad educativa puede ser protagonista.

Sea este el momento de hacer un justo reconocimiento al creador e impulsor de esta iniciativa: el adalid de los consumidores en Colombia, Ariel Armel.

Ariel Armel –con esta Cátedra extendida a aulas de todo el país– convirtió lo que fue una iniciativa regional en un propósito nacional.

La historia comenzó hace 47 años, cuando Ariel, siendo gobernador del Tolima –con el general Matallana–, quiso asentar la paz en su departamento, luego de esa época de La Violencia que tanto nos afectó, a ustedes los tolimenses y a Colombia entera. Recuerdo que en esa época iba yo al Tolima y teníamos que ir protegidos por el Ejército, porque allá estaba la violencia en pleno esplendor.

Para hacer pedagogía en las comunidades más afectadas, empezaron a visitar las escuelas rurales y les enseñaron a los niños cómo hacer la paz y cómo preservarla.

Así nació la Catedra y, ahora, cuando avanzamos para intentar cerrar el ciclo de violencia más largo de nuestra historia, Ariel Armel extendió su propuesta pedagógica a todo el país.

Y logró lo que podríamos llamar un “milagro legislativo”, porque su iniciativa fue aprobada de manera unánime en el Congreso, y en un tiempo récord de dos meses y medio.

Ahora, con este decreto, damos vida a esta Cátedra de la Paz, que nos ayudará a consolidar la nueva Colombia sin guerra, con más equidad y mejor educada, por la que trabajamos todos los días.

Si las últimas generaciones han sido formadas en medio de la guerra… es hora de que las futuras generaciones aprendan de su país en paz.

Si llevamos medio siglo acostumbrados a vivir en medio del conflicto, es hora de que la paz haga parte de nuestra vida cotidiana, empezando por nuestros salones de clase.

Porque la superación de la guerra pasa por una evolución cultural que debe comenzar por la Pedagogía.

La  Catedra para la Paz llega a las aulas a ser un espacio que inculque de los valores de la reconciliación, y viene como anillo al dedo porque, desde la Presidencia, vamos a iniciar un plan masivo de pedagogía para la paz, que abrirá una gran Conversación Nacional.

Esa conversación debe servir para que nos oigamos sin descalificarnos y aprendamos a ponernos en los zapatos del otro, el primer paso para cualquier discusión civilizada.

“Hablando se puede” y nuestra sociedad debe pasar de la confrontación verbal a la conversación constructiva, algo en lo que pueden ayudarnos, sin duda, sobre todo nuestros maestros.

Me preguntaba hace un mes, en la Feria del Libro, y me pregunto hoy: ¿De qué le sirve al país vivir en un ambiente de pelea? ¿De qué sirve el irrespeto? ¿De qué la intolerancia?

A eso, justamente a eso, es a lo que nos está llevando la guerra absurda que sufrimos. A no oírnos. A no dejarnos oír…

Nos hemos vuelto incapaces de prestar atención civilizadamente a nuestros interlocutores.

Es más fácil gritarle al otro, tirarle la puerta, despreciarlo, decir “usted no sabe quién soy yo”, y saltarse las reglas.

¡Ese tipo de conductas son las que deben comenzar a cambiar si incentivamos valores y debates positivos en nuestras aulas, gracias ahora a la Cátedra para la Paz!

Porque la paz no es solo un acto simbólico. La paz implica cambiar nuestros comportamientos, volver a trazar una línea de civilidad que desde hace décadas se torció.

Y la paz exige paciencia, detenimiento, convencimiento.

Por eso dialogamos en La Habana, aun en medio del conflicto: para demostrar que –como ha ocurrido en muchas partes durante la historia de la humanidad– no hay guerra, por larga y dura que sea, que no se pueda resolver en una mesa de negociación.

Porque incluso más importante que reparar a las víctimas –que es importantísimo– es que no haya más víctimas.

Porque queremos vivir en un país donde nadie calle a nadie, donde nadie mate a nadie, y todos nos escuchemos.

Y si el costo de buscar la paz –lo dije desde un principio– lo pago con mi capital político, lo hago con gusto.

Lo que hemos visto en estos días –tristemente– es un país acostumbrado a la Ley del Talión, del “ojo por ojo, diente por diente”.

La guerrilla ofreció un cese de fuego unilateral e indefinido, pero asesinó a nuestros soldados en el Cauca.

Nuestra fuerza pública –en ejercicio de la fuerza legítima del Estado– ha dado recientemente golpes contundentes a la subversión.

Y la guerrilla, en lugar de replantear su posición, levanta el cese al fuego que ya había incumplido.

Es una especie de violencia innecesaria y triste, muy triste… Por eso llegó el momento de dejar de felicitarnos por las muertes.

Recordemos lo que dijo Gandhi: “Ojo por ojo –decía él– y la humanidad terminará ciega”.

Si queremos la paz, la paz de verdad, tenemos que cambiar esta cultura de venganza y retaliaciones por una cultura de diálogo, perdón y reconciliación. ¡Esa es la única manera!

Me lo advirtieron desde un principio, muchas personas, y así ha sido. Es difícil adelantar un proceso de paz cuando se tergiversan las realidades desde ambos extremos: por un lado, los adversarios que tenemos al otro lado de la mesa, tergiversando permanentemente lo que digo yo o lo que dice el gobierno, y, por otro lado, la ultraderecha que no quiere la paz.

Pero yo siempre he tenido claro el norte, he tenido claro el puerto de destino, he tenido claras las líneas que le anuncié al país desde el principio, que fijan el límite de lo que se puede negociar y de lo que no se puede negociar. Y esas reglas del juego han sido claras, con todo el mundo… ¡Nada de esto ha cambiado!

Hemos procedido, yo he procedido, como dijimos que íbamos a proceder y a cumplir desde el principio… ¡Y hemos cumplido al pie de la letra!

Todo lo que hemos dicho que íbamos a hacer, lo hemos hecho. Las reglas de juego han sido las mismas.

Lo que ha ocurrido en estos últimos días es triste –a nadie puede alegrar, ni nos alegra, la muerte de cualquier ser humano–.

Siempre lo he dicho: somos todos colombianos, y por eso hay que parar este desangre.

Lo reiteré el viernes pasado, en mi declaración sobre el golpe dado al frente 29 en el Cauca: “A pesar de tratarse del enemigo en esta guerra, también nos debe conmover a todos el dolor de las familias de los guerrilleros muertos. Somos todos hijos de una misma nación”.

Los padres de nuestros soldados asesinados y los padres de los guerrilleros muertos son también colombianos, y sus lágrimas son las mismas, no lo olvidemos.

Por eso he dado la orden a Medicina Legal de identificar sus cadáveres y entregarlos a sus familias, como lo han pedido las Farc.

¡No más guerrilleros enterrados como NN!

El Estado garantizará a sus familias que puedan reclamar a sus seres queridos y darles un sepelio como corresponde. Y así será de aquí en adelante.

Pero vayamos más allá… ¡No más muertos en Colombia en este absurdo conflicto!

Los diálogos necesitan un fuerte impulso –estoy de acuerdo– y por eso reitero una vez más mi pedido para que aceleren las negociaciones, incluyendo las que lleven a un cese al fuego bilateral y definitivo.

Cuando digo “cese al fuego bilateral y definitivo”, éste debe incluir el fin de cualquier participación en cualquier tipo de delito: el narcotráfico, la extorsión, la minería ilegal, porque nadie entendería, ningún colombiano va a aceptar un cese al fuego donde continúe la contraparte financiándose a través de la extorsión, a través del narcotráfico o a través de la minería ilegal.

Lo cierto finalmente es que no hay guerra buena, ni muertos que no importen…. Y cada día que pasa, son más muertos.

Recordaba en la pasada Feria del Libro, y recuerdo hoy, las palabras de una niña de Saravena, Arauca, que me vino a visitar con sus compañeros, porque ganaron un concurso de cartas al niño Dios, y el premio era venir a visitar al Presidente.

La niña se llama Karen Castañeda… Me dijo que me tenía una idea para conseguir la paz, y me la resumió en una frase tan hermosa como sencilla:

“Quitarnos la venda del odio que NO nos deja ver con amor al prójimo”.

¡Qué bella enseñanza! En esa frase una niña de 11 años resumió, doctor Armel, toda una cátedra de paz.

Quitémonos la venda del odio, para ver con amor al prójimo. ¡Esa es la paz!

Muchas gracias.

(Fin)