Imagine por un momento que usted es un campesino colombiano. Imagine no poder caminar tranquilo alrededor de su vivienda porque cada paso que dé puede significar perder un miembro de su cuerpo. Imagine no poder mandar a sus hijos al colegio por miedo a que se desvíen de los senderos por los que caminan y que el suelo, como si se tratara de una película, explotara de repente. Imagine no poder llevar el ganado a pastar porque su vida o la de sus animales están en riesgo.

No es una fantasía, es el escenario en el que viven millones de personas en Colombia debido a las minas antipersonal: artefactos explosivos que hieren y mutilan cuando una persona los pisa, tiene contacto o se aproxima a ellos, y que se convirtieron en tácticas de guerra para matar al enemigo. En el medio, como suele pasar en los conflictos, quedaron los civiles, quienes han tenido que abandonar sus tierras o vivir en ellas con miedo permanente.

Las primeras minas que se usaron


Las minas antipersonal comenzaron a usarse en la Primera Guerra Mundial; los soldados alemanes ponían casquetes llenos de pólvora para detener a los tanques franceses e ingleses. Sin embargo, eran fáciles de detectar, así que se desarrollaron artefactos más pequeños. Fue así como en la Segunda Guerra Mundial, comenzaron usarse en Europa, en el norte de África y en países como Vietnam, solo que esta vez comenzaron a cumplir con su objetivo: herir a militares y, de paso, a los civiles.

688 municipios de los 1.122 que hay en Colombia tienen alguna afectación por minas, es decir alrededor del 70 por ciento del país.

En la actualidad, 688 municipios de los 1.122 que hay en Colombia tienen alguna afectación por minas. Según algunos cálculos, de los 1.141.748 kilómetros cuadrados de extensión del país, más de 800 mil presentan alguna afectación por este tipo de artefactos, es decir, alrededor del 70 por ciento del país. Basta decir que la única zona que nunca ha tenido un evento relacionado con minas, son las Islas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

La situación en Colombia


Soldados del Batallón de Desminado Humanitario de las Fuerzas Militares realizan operaciones en Antioquia, Caldas y Santander.

Más de 5.000 miembros de la fuerza pública han resultado heridos. Las víctimas tienen que pasar por una larga recuperación. Sin embargo, ellas sacan fuerzas para seguir adelante y continuar con sus vidas.

Comprometidos con limpiar el país


Antigua escuela de la vereda La Quiebra. Fue abandonada luego del asesinato de una profesora, en 1998.

Es un escenario aterrador decir que más del 70 por ciento del país tiene sospecha de contaminación por minas. Por esto, Colombia está haciendo un esfuerzo grande por limpiar los terrenos con el fin de que las personas puedan volver a vivir en ellos y retomen sus vidas sin miedo. Hablamos del desminado humanitario, un concepto que comenzó a tomar fuerza en 1997 con la Convención sobre la Prohibición del Empleo, Almacenamiento, Producción y Transferencia de Minas Antipersonal y sobre su Destrucción, más conocida como la Convención o el Tratado de Ottawa, una iniciativa internacional que tiene como fin acabar con el sufrimiento que han causado estas armas. Este empeño ha dado sus resultados: 157 países, de los 162 que la firmaron, ya no cuentan con minas almacenadas y, en conjunto, han destruido más de 47.5 millones de minas.

“En este momento tengo un retroceso de 30 años, cuando la vida era tan tranquila y no se veían grupos armados. No tenía uno miedo de pararse en una mina. Me siento muy seguro”. Elí Botero, beneficiario del desminado humanitario en El Carmen del Viboral (Antioquia)

Es muy importante aclarar que el desminado humanitario se hace por y para la gente y es esa, precisamente, la importancia de la Convención, pues no solo incluye la provisión de asistencia a las víctimas, sino que permite el retorno a las tierras por parte de los desplazados por la violencia, la restitución de tierras y los proyectos productivos que benefician a las comunidades.

Colombia firmó la Convención de Ottawa en 1997, la ratificó en el año 2000 y entró en vigencia en marzo de 2001. Al entrar, el país se comprometió a destruir todas las minas en su territorio. El primero de marzo de 2011, cumplió con la destrucción de las minas instaladas en 35 bases militares, que eran usadas por el Estado para proteger estos lugares de los ataques de las guerrillas. Sin embargo, se solicitó una extensión de diez años para destruir las instaladas por los grupos al margen de la ley, pues el uso indiscriminado de estos artefactos por parte de las guerrillas, hace que la limpieza de los territorios sea una tarea difícil.

Las particularidades del territorio colombiano


Al comparar el territorio nacional con otros países que tienen la misma problemática, hay unas particularidades que hacen del desminado una tarea muy compleja. Colombia es el único país del mundo en el que se hace el desminado humanitario en medio del conflicto, además de que no contamos con la ubicación exacta de las minas, pues los guerrilleros que las pusieron o no se acuerdan dónde lo hicieron, o muchas veces murieron, y con ellos también la información. Por poner un ejemplo, en Camboya, donde había un enfrentamiento entre fuerzas militares, ambos bandos usaron minas de estilo militar fabricadas comercialmente y se guardaron registros de los lugares donde se pusieron. Es así como en este país del sudeste asiático, en un kilómetro cuadrado se pueden encontrar hasta 2 mil minas, mientras que en el mismo espacio en Colombia, solo se encuentran entre cinco y diez, pues no están concentradas en una sola área, como suele suceder en otros países.

El desminado se puede hacer con un barreminas, unas enormes máquinas que pesan entre 20 y 30 toneladas y que pueden ser tripuladas o ser manejadas a control remoto; sin embargo, su funcionamiento se dificulta en terrenos muy montañosos, como los colombianos. Como si fuera poco, con el paso del tiempo en algunas regiones la guerrilla aprendió a hacer artefactos con materiales como PVC, madera, plástico e icopor, con el fin de minimizar el contenido metálico, lo que hace que no siempre sean detectados fácilmente por los detectores de metales

“Se nota la tranquilidad, la gente puede llegar de nuevo a la tierra y están bajando los fines de semana. Antes no se oían las risas de los niños”. Jorge Rojas, beneficiario del desminado humanitario en El Carmen del Viboral (Antioquia)

A pesar de lo difícil que resulta la tarea, el desminado humanitario ha comenzado a dar sus frutos. En Colombia realizan operaciones de desminado las unidades de desminado humanitario de las fuerzas militares y organizaciones civiles acreditadas, como The Halo Trust. Gracias a su trabajo y esfuerzos, cuatro municipios San Carlos (Antioquia), San Francisco (Antioquia), El Dorado (Meta) y Zambrano (Bolívar) han sido declarados libres de sospecha de minas. La gente ha regresado a vivir en ellos, han vuelto a sembrar, a caminar, a jugar tranquilos, y además el Desminado Humanitario les ha traído energía eléctrica, carreteras, proyectos productivos, infraestructura, desarrollo y, sobre todo, fe en que realmente es posible que entre todos construyamos un país en paz.

“Ayudamos a la comunidad porque ellos dejan sus casas por temor a las minas. Nosotros se las entregamos despejadas y libres de temor para que ellos puedan volver a sembrar. Es una satisfacción muy buena” Natalia Orozco, desminadora humanitaria de The Halo Trust.


Ahora que conoces la realidad del desminado humanitario, te invitamos a unirte a la campaña #CartasAUnDesminador